Sweet Corner Vol. 86

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Los bienpensantes

Gracias a Dios que tenemos un gobierno y una sociedad bienpensante que cumple la normativa y que se toma la libertad de pensar por nosotros para que no tengamos que realizar tamaño esfuerzo. Porque para ciertas personas el pensar por uno mismo, el alcanzar la mayoría de edad como decía Kant, es una trabajosa faena que es mejor encomendar a las autoridades políticas y morales que, por cierto, proliferan a la mínima oportunidad que encuentran para introducir su discurso por cualquier pequeña rendija que quede al descubierto. El desafío kantiano del sapere aude, del atreve a saber o, más bien, de valerte de tu intelecto, ha sido abandonado y preferimos quedarnos observando mientras nos van dando las proclamas que, a la postre, se convertirán en la guía de la acción práctica de todos los integrantes de la sociedad.
La noticia es que ahora hay un grupo de personas, un lobby como dicen los yanquis, que se preocupa por los malos humos que inundaban nuestros bares, instituciones y demás lugares comunes. El caso es que no es mala idea el preservarnos de los odiosos farias de los bares más castizos, o de los cigarros extralargos que inundan los ambientes más cool o de la mezcla de olores, sabores y sustancias legales e ilegales que atiborraban las salas de conciertos. El cambio es sustancial y se nota en un primer golpe de olfato. Sin ir más lejos, hace un par de fines de semana estuve viendo un concierto y la sala olía a ambientador. Increíble e impensable hace apenas dos meses. El problema, sin embargo, venía cuando los desaparecidos humos que disimulaban otras fragancias más animales dejaban a nuestras pituitarias expuestas al sobaco peludo más cercano. Pero aún así, el cambio se agradece y no sales oliendo a fogata ni con los ojos enrojecidos de tanto fumeque. Es verdad que todos estos paternalismos estatales son una tocada de pelotas pero, también es cierto que en algunas ocasiones el humo llegaba a ser molesto y provocaba que muchos inocentes pagasen por los excesos de los fumadores. Hasta aquí bien, no tengo nada que objetar.
Sin embargo, el otro día leyendo el periódico hirió a mi intelecto la noticia de que se había denunciado al musical Hair, que se representaba en no sé qué ciudad, por fumar en escena. Para el que no lo sepa, este musical que se basa en la película homónima de finales de setenta, trata sobre un joven americano que es destinado a Vietnam y que recala en Central Park con unos hippies que están poniéndose hasta el culo de porros y demás. La cuestión es que se produce un choque entre las mentalidades del futuro soldado y los librepesadores colgados que le muestran otras facetas vitales. El asunto de los porros no es baladí pues hay que imaginar a un cateto americano llegando a la urbe por excelencia y encontrándose con el movimiento más liberal de la época; todo esto aliñado por el abuso de drogas y la apertura mental que en algunos casos éstas provocan. Pues parece que hay gente que no llega a entender que se está realizando una obra de teatro, que se trata de ficción y que el ingrediente porrístico se antoja fundamental. Me parece increíble que esta gente que está actuando, que igual no fuma ni tan siquiera, tenga que vérselas con los retrógrados que no son capaces de comprender que están asistiendo,en caso de que hayan ido a ver la función,a una representación.
El tema es extensible al cine. Está por llegar, pero seguro que se acaba pixelando a Bogart por hincarse cuarenta pitillos en una sola secuencia. O, quizás, una película sea calificada como X debido a que alguno de sus protagonistas se enciende un puro humeante que incitará a los niños a tan pernicioso hábito. Eso sí, no habrá problema si este mismo protagonista se enfrenta a cientos de terroristas y los mutila y asesina con su enorme ametralladora. Hemos desarrollado una oscura doble moral en la que los tiros y persecuciones se aceptan como algo a la orden del día, mientras que la visión de una teta o alguna otra tontería por el estilo pone el grito en el cielo. Es decir, preferimos un cuerpo agujereado y sangrante por las balas del héroe a un estético desnudo.
De todas formas, lo que me resulta más alarmante es que permitamos que estas estupideces sigan adelante sin que nos plantemos ante estos reaccionarios bienpensantes que cualquier día van a entrar en nuestras casas para ponernos a dieta y tirar por la ventana todos los alimentos perniciosos que guardamos en la despensa. Si no, tiempo al tiempo.

Nacho Valdés

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