Sweet Corner Vol. 90

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El principal motor

Toda creatividad, movimiento social o cualquier otra dimensión humana tiene como estímulo un elemento que es el único capaz de convertirse en motor de cualquier aspecto de los que nos afectan como seres humanos. A nivel colectivo, cultural, político, apolítico, racional o irracional todo nace de nuestra psique, de las creaciones de nuestra mente de las que no podemos escapar independientemente de que sean éstas más o menos elaboradas. Es, por tanto, el concepto el ingrediente fundamental que permite que la historia progrese o involucione o cambie, da igual la dirección que tome nuestro destino pues todo se rige por la idea, por el concepto o por la suma de una gran cantidad de estos.
Ejemplos hay a miles pues, tal y como defiendo, toda dialéctica referida a los sujetos o a las creaciones de estos está motivada por el contenido mental que, de una u otra manera, actúa como acicate que nos permite dar un paso detrás de otro para alcanzar los objetivos perseguidos. Si no fuese por esa primitiva explosión, por el detonante intelectual que nos lleva a la consecución de ciertos fines, no podríamos ni tan siquiera hablar en los términos en que lo estamos haciendo. Es, por lo tanto, indisociable de nuestra naturaleza el hecho de que todo movimiento comienza a nivel intelectivo para después llegar al mundo físico.
En primer lugar me gustaría destacar el concepto que llevó a la construcción de las pirámides de Egipto, algo que a mí me resulta fascinante. Y esto a consecuencia de su tamaño colosal, no por otro motivo. Es decir, me llama la atención de manera superlativa el hecho de que un pueblo dedicase gran parte de sus esfuerzos, economía y vidas de sus componentes a la construcción de una estructura piramidal a base de enormes cubos de piedra que debían ser transportados desde enormes distancias para alcanzar su emplazamiento definitivo. A resultas de estos esfuerzos tenemos una de las estructuras humanas más exageradas, grandilocuentes y, por cierto, dedicadas a unas personas que eran tratadas como deidades. Lo que me apasiona de este asunto es la tarea que supone el desarrollo de una cultura teocrática en la que una familia noble es emparentada con los dioses y a los que se les rinde pleitesía de manera tan grandiosa como para llegar a construirles unos panteones en los que se hipotecaba toda una civilización. El punto de partida sería el de la justificación del poder en base a la divinidad, de ahí se pasaría a una devaluación de esa idea que sería creída incluso por sus propios artífices y, por último, sería todo un pueblo el que estaría convencido de la necesidad de tamaño esfuerzo. Todo esto, independientemente de los trabajos forzados y esclavitudes, habría nacido de la mente de un grupo de personas cuyos conceptos son heredados y distorsionados por las generaciones posteriores hasta llegar a un clímax que acaba disolviéndose en la historia.
Otro asunto también llamativo es el de las revoluciones, aquellos procesos violentos en los que los individuos se juegan la vida en pos de la consecución de unas metas abstractas como pueden ser la libertad, la fraternidad y la igualdad. Estas representaciones que nacieron de la mente de algunos filósofos comienzan como el primer estímulo que hace que un buen día, probablemente tras una profunda crisis, la ciudadanía decida vencer sus instintos de supervivencia para, con la única herramienta de la cantidad numérica, echarse a la calle para alterar el orden de las cosas. En este caso también me resulta especialmente destacado un acto de redención de cariz tan peligroso y que esté motivado por una serie de pensamientos de unos señores que no están presentes y que únicamente han dejado estas reflexiones por escrito.
Pues esto, solo que funcionando a otros niveles y con otras consecuencias, es exactamente lo que sucede con la creación artística. De hecho, este mismo escrito nace un pequeño estallido que me llevó a escribirlo en mi cuaderno para el día que me puse frente al ordenador releerlo, alterarlo y ajustarlo a lo que en el momento de la escritura consideraba. De efectos limitados, esta idea se trasmite y llega al lector que recapacita y piensa sobre lo que afirmo para, con ayuda de su experiencia personal, llegar a sus propias conclusiones que serán más o menos parecidas a las mías. Y si estas nociones las pasamos al lenguaje audiovisual y de una pequeña idea apuntada en una libreta se crea un película en la que se emplean decenas de personas y ese film se proyecta en miles de salas de cine del todo el mundo nos encontramos, sin lugar a dudas, con el arte como motor de la historia contemporánea.

Nacho Valdés

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