Sweet Corner Vol. 92

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Lugares de interés

La dos, ese reducto de calidad que todavía se puede encontrar entre la decadente oferta televisiva, está ofreciendo una serie de documentales históricos que considero deberían ser de visionado obligado para toda persona que se precie de poseer una cultura, al menos, mediana. Por lo menos en mi caso, aunque la temática está más que manida, me está permitiendo entender y aprender numerosos aspectos desconocidos acerca de la Segunda Guerra Mundial.
La oferta documental, de la que ha en múltiples ocasiones he alabado su capacidad didáctica, comenzó hace ya un par de meses con el documental francés (repartido por entregas de cincuenta minutos) Apocalipsis. Este trabajo impecable y objetivo tiene la novedad, pues el metraje sobre este período es inabarcable, de contar con muchos minutos inéditos proporcionados por las cámaras oficiales de los ejércitos que participaron en la tremenda contienda. Desde mi punto de vista, obviando la elegante narración cronológica que nace en 1939 y llega hasta el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Japón (que curiosa paradoja histórica la que se está produciendo en estos momentos) de 1945, el gran valor que supone esta producción es el nuevo punto de vista que ofrecen las cámaras amateur de los integrantes del ejército americano, francés, alemán y ruso. Ese era un punto de vista al que no se había llegado pues, a mi entender, la mayoría de trabajos anteriores estaban apoyados sobre un fondo fílmico limitado y que obligaba una y otra vez a volver sobre los lugares comunes que todos ya conocíamos. De todas formas, e independientemente de la gran cantidad de imágenes que ya existían, destacan las que he estado visionando por suponer un acercamiento más humano y personal a la contienda. Se trata de una amalgama de punto de vista personales que podríamos identificar con cualquiera de nosotros, gente normal inserta en una situación extraordinaria por lo caótica y complicada que se volvió. Personas que desempeñaban sus funciones civiles en sus respectivos países y que acabaron luchando contra una amenaza abstracta y distorsionada que venía publicitada desde sus Estados. Estos individuos anónimos de los que no quedan casi vestigios, a los que ni tan siquiera se puede incluir en los créditos finales, resultaron ser trascendentales casi medio siglo después para comprender una guerra que casi acaba con la civilización tal y como la entendemos. Me resultó especialmente llamativa la última entrega en la que, a modo de homenaje a estos héroes anónimos, se ofreció una muestra del trabajo que realizaban estos abnegados e inconscientes documentalistas (digo inconscientes pues probablemente no conocían el calado de la función que estaban desempeñando y, desde luego, no albergarían ninguna intencionalidad divulgativa). En los últimos minutos de metraje el espectador se hace testigo de cómo los cámaras de guerra tenían que dejar el fusil a un lado para, con su pesada cámara cinematográfica sobre el hombro, lanzarse a por una buena toma esquivando los disparos enemigos.
La segunda oferta del canal minoritario y que se ofreció a continuación del ya mencionado Apocalipsis, fue la serie documental titulada Cazadores de nazis. En esta ocasión, y como su nombre indica, se centra en la labor de anónimos y sacrificados civiles que dedicaron su tiempo, dinero y esfuerzos a la persecución de aquellos gerifaltes alemanes que, ante la cobardía de quitarse la vida, huyeron camino de tierras más prósperas como las de Sudamérica. También hay un tratamiento muy pormenorizado del papel que cumplió el Estado de Israel, de las ejecuciones sumarísimas a las que condenaron a ciertos integrantes del ejército nacionalsocialista o de la deportación obligada y furtiva que realizaban con algunos de los más sanguinarios asesinos del terrible período en el que el nazismo alcanzó el poder y amenazó al mundo entero. Por otro lado, se denunciaba la ambivalente posición americana que lo mismo perseguía a un miembro del ejército alemán que le ofrecía trabajo y refugio. Como siempre, algunas potencias se dedican a pescar en río revuelto.
De todas formas, lo más emocionante de los trabajos que recomiendo es la función realizada por los anónimos cámaras o perseguidores de asesinos que, sin que su nombre brille en luces de neón, han hecho de esta civilización occidental un lugar en el que merezca la pena vivir.

Nacho Valdés

Sweet Corner Vol. 91

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La volátil fortuna

La vida se me antoja en ocasiones como una especie de montaña rusa en la que las subidas y las bajadas se suceden a una velocidad de vértigo pero, salvo algunas excepciones, toda vida que sea de alguna manera ordenada y con una intencionalidad clara acaba conduciendo, como en la atracción que sirve de símil, a aquel lugar estable que es el andén en el que se toma el vertiginoso vagón. En otras palabras, y sin pretender caer en esoterismos, los actos que realizamos acaban llevándonos hacia el lugar en el anhelamos caer o, por rocambolescas coincidencias, caemos en el lugar que deseamos sin saberlo. El caso es que los hados del destino, tras arrebatarme algo muy deseado, me ha devuelto una pequeña compensación en forma de una asignatura que impartiré el año que viene en el Colegio en el que doy clases.
Mi cadencia hacia lo audiovisual está más que demostrada y ejemplificada, por ejemplo, en los presentes escritos y ahí es donde he recalado pues es Cultura audiovisual la nueva materia que impartiré el próximo curso a los alumnos de primero de bachillerato. Se trata, por llamarlo de alguna manera, de una pequeña compensación pues las sombras en los últimos tiempos superaban a las luces pero, sin pretender caer en dramatismos, supongo que será síntoma inequívoco de lo que pretende con mi vida y una especie de traducción de adonde mi acción me lleva. La cuestión es que me siento preparado y motivado para llevar a los jóvenes de dieciséis años al descubrimiento, dentro de las limitaciones horarias, técnicas y culturales, del mundo audiovisual que tanto tiene que ofrecerles y con el que a buen seguro se sienten más identificados que con otros medios expresivos.
Es de sobra conocida mi postura educativa en relación al cine y demás medios expresivos relacionados con la imagen; considero que se trata de una dimensión que no sólo resulta accesoria para la explicación de ciertos aspectos teóricos o sentimentales, más bien se está convirtiendo, prueba de ello es su inclusión en el bachillerato artístico, en un compendio de conocimientos cada día más necesarios para el movimiento en las sociedades contemporáneas. Hoy por hoy, independientemente de los medios expresivos clásicos que considero deben seguir presentes, el vehículo comunicativo basado en la imagen debería estar presente en todo currículo educativo de relevancia. Sea cual sea la vertiente de estudios que se acometa creo que una base en educación cinéfila, televisiva, de marketing basado en la imagen, fotografía y demás asuntos relacionados tendría que estar presente para que se nos permitiese comprender de forma más diáfana el mundo que nos rodea.
Dicen que la información es poder, que el que maneja los medios maneja a la ciudadanía y, en cierta manera, estoy de acuerdo con estas rotundas afirmaciones. Está claro que un medio tan escueto como éste no permite el debate pero, salvando algunas complicaciones derivadas de dichas aserciones, se puede decir que de forma generalista son ciertas. El caso es que la desinformación o información o como quiera llamarse está basada en el uso de los medios audiovisuales más actuales y el conocimiento de los mismos, incluyendo su estudio en el currículo de materias obligatorias, permitiría formar de forma más firme a los ciudadanos del mañana que podrían de esta manera fomentar su intelecto crítico desde el interior de las últimas tendencias expresivas. Se hace de esta forma imprescindible el conocimiento, a través del cine, televisión, publicidad y demás formas audiovisuales del medio que nos rodea y, por otro lado, debemos tener la capacidad de discernimiento necesaria para saber discriminar aquella información que puede llegar a resultar perniciosa si es manipulada por manos amigas de la confusión.
En definitiva, pretendo ofrecer un paso más en la formación de mis alumnos apoyándome en la cultura audiovisual clásica y contemporánea gracias a la que conseguirán las herramientas adecuadas para aplicar su intelección a los medios expresivos del futuro.

Nacho Valdés

Sweet Corner Vol. 90

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El principal motor

Toda creatividad, movimiento social o cualquier otra dimensión humana tiene como estímulo un elemento que es el único capaz de convertirse en motor de cualquier aspecto de los que nos afectan como seres humanos. A nivel colectivo, cultural, político, apolítico, racional o irracional todo nace de nuestra psique, de las creaciones de nuestra mente de las que no podemos escapar independientemente de que sean éstas más o menos elaboradas. Es, por tanto, el concepto el ingrediente fundamental que permite que la historia progrese o involucione o cambie, da igual la dirección que tome nuestro destino pues todo se rige por la idea, por el concepto o por la suma de una gran cantidad de estos.
Ejemplos hay a miles pues, tal y como defiendo, toda dialéctica referida a los sujetos o a las creaciones de estos está motivada por el contenido mental que, de una u otra manera, actúa como acicate que nos permite dar un paso detrás de otro para alcanzar los objetivos perseguidos. Si no fuese por esa primitiva explosión, por el detonante intelectual que nos lleva a la consecución de ciertos fines, no podríamos ni tan siquiera hablar en los términos en que lo estamos haciendo. Es, por lo tanto, indisociable de nuestra naturaleza el hecho de que todo movimiento comienza a nivel intelectivo para después llegar al mundo físico.
En primer lugar me gustaría destacar el concepto que llevó a la construcción de las pirámides de Egipto, algo que a mí me resulta fascinante. Y esto a consecuencia de su tamaño colosal, no por otro motivo. Es decir, me llama la atención de manera superlativa el hecho de que un pueblo dedicase gran parte de sus esfuerzos, economía y vidas de sus componentes a la construcción de una estructura piramidal a base de enormes cubos de piedra que debían ser transportados desde enormes distancias para alcanzar su emplazamiento definitivo. A resultas de estos esfuerzos tenemos una de las estructuras humanas más exageradas, grandilocuentes y, por cierto, dedicadas a unas personas que eran tratadas como deidades. Lo que me apasiona de este asunto es la tarea que supone el desarrollo de una cultura teocrática en la que una familia noble es emparentada con los dioses y a los que se les rinde pleitesía de manera tan grandiosa como para llegar a construirles unos panteones en los que se hipotecaba toda una civilización. El punto de partida sería el de la justificación del poder en base a la divinidad, de ahí se pasaría a una devaluación de esa idea que sería creída incluso por sus propios artífices y, por último, sería todo un pueblo el que estaría convencido de la necesidad de tamaño esfuerzo. Todo esto, independientemente de los trabajos forzados y esclavitudes, habría nacido de la mente de un grupo de personas cuyos conceptos son heredados y distorsionados por las generaciones posteriores hasta llegar a un clímax que acaba disolviéndose en la historia.
Otro asunto también llamativo es el de las revoluciones, aquellos procesos violentos en los que los individuos se juegan la vida en pos de la consecución de unas metas abstractas como pueden ser la libertad, la fraternidad y la igualdad. Estas representaciones que nacieron de la mente de algunos filósofos comienzan como el primer estímulo que hace que un buen día, probablemente tras una profunda crisis, la ciudadanía decida vencer sus instintos de supervivencia para, con la única herramienta de la cantidad numérica, echarse a la calle para alterar el orden de las cosas. En este caso también me resulta especialmente destacado un acto de redención de cariz tan peligroso y que esté motivado por una serie de pensamientos de unos señores que no están presentes y que únicamente han dejado estas reflexiones por escrito.
Pues esto, solo que funcionando a otros niveles y con otras consecuencias, es exactamente lo que sucede con la creación artística. De hecho, este mismo escrito nace un pequeño estallido que me llevó a escribirlo en mi cuaderno para el día que me puse frente al ordenador releerlo, alterarlo y ajustarlo a lo que en el momento de la escritura consideraba. De efectos limitados, esta idea se trasmite y llega al lector que recapacita y piensa sobre lo que afirmo para, con ayuda de su experiencia personal, llegar a sus propias conclusiones que serán más o menos parecidas a las mías. Y si estas nociones las pasamos al lenguaje audiovisual y de una pequeña idea apuntada en una libreta se crea un película en la que se emplean decenas de personas y ese film se proyecta en miles de salas de cine del todo el mundo nos encontramos, sin lugar a dudas, con el arte como motor de la historia contemporánea.

Nacho Valdés

Sweet Corner Vol. 89

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La clase dirigente

El refranero español que, aunque manido y algo cursi tiene respuestas para todo. Dice que cuando las barbas de tu vecino veas recortar, pongas las tuyas a remojar. Es decir, que si ves problemas en algo relacionado con lo que tú haces que estés al loro pues posiblemente te veas inmiscuido. Es por todos sabido, a no ser que alguien haya estado orbitando en la estación espacial internacional o explorando las selvas vírgenes de Madagascar, que se están produciendo una serie de cambios políticos allende del Estrecho de Gibraltar (es decir, a la vuelta de la esquina) y que nadie parece darse por aludido. No quiero decir que en el mundo democrático europeo debiera suceder algo parecido pues estamos en una situación bastante más desahogada, pero lo que es una realidad es que algunos asuntos deberían ser revisados.
De todas formas, independientemente de que no estemos bajo un gobierno totalitarista de corte militar no tenemos motivos para aguantar los desmanes de nuestros dirigentes y de la clase política. Da la impresión en los últimos tiempos, o quizás siempre, hemos sido dirigidos por una serie de cretinos que nos convierte, a los ciudadanos, en rebaño de estos inútiles que intentan dirigir sus destinos más que los del país. Ahora que se ha producido la revolución digital, que la imagen llega a todos los rincones y todo lo descubre, parece ponerse de manifiesto la vulgaridad, bajeza y falta de moral que acompaña a los grupos políticos que se reparten el pastel del poder. Pues lejos de ejercer autoridad, lo que hacen es un ejercicio de poder en el que gana el menos malo. Por lo menos esa es la sensación destilada que recojo cada vez que veo un informativo, escucho una noticia de radio o leo la prensa. Es tal la mediocridad, la falta de elocuencia, de ingenio y de soluciones que parece que la única posibilidad es decantar nuestro voto de manera visceral y sin caer en el estudio o análisis de lo que se propone. Puedo asegurar que llevo meses sin escuchar un comentario inteligente por alguno de los pertenecientes a la élite política de este país, quizás deberían dejar hablar más al ministro Gabilondo que se me antoja un remanso en el torbellino gubernamental.
El caso es que lo único que se impone, lejos del interés público, de la defensa de la res publica, es el ataque al contrario para, mediante su desprestigio, lograr alcanzar el tan ansiado poder. Una vez situados en ese lugar principal, qué es lo queda por hacer. Pues lo que suele suceder es que se deben aguantar las embestidas del grupo opositor para que el desprestigio no lleve a los niveles que provocan la pérdida del poder. Además, considero que en el mundo occidental lo que se impone es una imagen asociada a un tímido ideario que no deja de ser cuatro banalidades descargadas de cualquier pretensión intelectual. Es por esto que los militantes pertenecientes a uno o a otro grupo son fácilmente identificables pues ellos mismos llevan un estilo de vida desprovisto de pretensiones políticas, se trata casi de una moda que hace que uno sea aceptado en un determinado ambiente. Puede sintetizarse en una cuestión estética: la militancia hoy por hoy es un tema de imagen.
No dudo de la legitimidad y sinceridad de aquellos que están metidos en política, sobre todo de los colectivos de base que son los que llevan muchas veces el peso del trabajo, pero pasados ciertos niveles todo se vuelve confuso y corrupto y es difícil saber dónde empiezan unos intereses y acaban otros. Me resulta increíble concebir cómo es posible que en Italia gobierne desde hace varias legislaturas un señor como Berlusconi que está implicado en varias causas judiciales, cómo es posible que un señor que fue primer ministro de Francia como Chirac esté siendo enjuiciado por delitos económicos, que todo el Levante español esté sometido a unos políticos mangantes con dedos largos y bolsillos profundos, que existan monarquías como la monegasca y la británica a los que se les paguen fiestas y todo tipo de saraos, que vuelvan en centro Europa los grupos políticos de corte nacional socialista, que en época de crisis tengamos record de beneficios y de sueldos de directivos en grandes empresas y así podríamos continuar prácticamente indefinidamente. No sé si es que yo con la edad me estoy volviendo más agrio pero es que da la impresión, por lo que poco que me entero gracias a la televisión y demás medios informativos, de que nos están tomando el pelo. Como me gustaría que mi voto oscilase, el no tener la seguridad de adónde dirigirlo pero, al final, siempre creo dirigirlo a los menos malos.
Háganme dudar, por favor.

Nacho Valdés

Sweet Corner Vol. 88

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El punto de vista

Desde hace mucho tiempo me siento atraído por la fotografía profesional, por los trabajos que observo en revistas, publicaciones y demás medios de promoción en los que este vehículo expresivo tiene cabida. El caso es que estas navidades, tras un poco de esfuerzo, persuasión y demás triquiñuelas he conseguido hacerme con una cámara réflex con la que comenzar a observar el mundo a través de unas lentes. La pretensión inicial es sencilla: aprender a utilizar el aparato de manera correcta para ser capaz de recoger mi visión de la realidad. Pues, de manera natural, me he dado cuenta de que llevaba tiempo fijándome en escenas que se me antojaban interesantes pero que no podía recoger pues no tenía la capacidad mecánica y técnica para hacerlo. Es decir, me faltaba la cámara y la paciencia para conseguir trasladar ese momento fugaz a un soporte que lo convirtiese en algo imperecedero. Al menos para mí.
Supongo que ahí reside el gusto por la fotografía, en la consideración de que posees un punto de vista privilegiado de la realidad que merece la pena ser congelado. Esto, por supuesto, puede sonar pretencioso pero nada más lejos de la realidad, siempre que hablo en estos términos lo hago desde mi propio punto de vista y sin meterme en terrenos propios de los profesionales del ramo. El caso es que me considero afortunado por la posibilidad de hacerme con imágenes del mundo que son únicas, que solo yo soy capaz de ver y que solo yo he sido capaz de experimentar. Nadie más que yo se levanta por las mañanas a su terraza y ve salir el sol por el este recortando la figura de los edificios de la ciudad, nadie más que yo ve el tráfico por la noche como si fuese un especie de serpiente luminosa, nadie más que yo se fija en un desconchón de un edificio que considero significativo por el contraste con el entorno. Desde luego no son más que referencias manidas, utilizadas anteriormente hasta la saciedad pero, con la salvedad, de que son mías y de nadie más.
Últimamente me sorprendo pensando en términos de imagen. En otras palabras, voy paseando por la calle y echo de menos mi cámara y la capacidad para fotografiar el momento único y perecedero que se despliega ante mis narices. O, por el contrario, estoy tranquilamente sentado haciendo cualquier cosa y se me ocurre una fotografía que me hace salir disparado a por la cámara y comenzar a trastear con el aparato. Curiosamente, en las ocasiones en las que salgo a la caza de alguna instantánea que merezca la pena los momentos únicos se vuelven escasos y me cuesta encontrar esa inspiración que en otros momentos me asalta de forma súbita. Supongo que el tema de las musas es así de caprichoso.
De todas formas, considero que esas salidas en las que me resulta complicado alcanzar lo que busco, aunque realmente no sé lo que es, son una excelente práctica que me lleva a conocer de manera más adecuada el instrumento que llevo entre las manos. Pues, por lo que estoy experimentando tiene una dimensión física que tiene que ser comprendida y que no resulta demasiado complicada pero que, por otro lado, va acompañada de una dimensión técnica en la que hay que detenerse bastante más para conseguir una soltura adecuada. El problema técnico es insalvable y no supone más que trabajo y escucha a los profesionales. De hecho, por mi falta de pericia, he perdido lo que yo consideraba buenas fotos que requerían una actuación rápida para lograrlas. El contrapunto es la fotografía reposada en la que utilizo el trípode y tiempo sobrado para experimentar tranquilamente. Además, en los tiempos digitales que corren tengo el privilegio de hacer cientos de fotos sin gastar dinerales en papel, productos y películas. Simplemente tengo que fijarme en lo que hago, disparar y disfrutar del resultado pues debo decir que cuando hago las cosas bien me provoca una gran satisfacción.
Últimamente, estoy descubriendo otra faceta que se une a mi vertiente literaria. Estoy comprobando como la imagen y la escritura se pueden convertir en un tándem que se retroalimenta y logra una mejora de ambas dimensiones, pues desde que estoy con el tema fotográfico supone una gran inspiración para la escritura el uso de algunas de mis imágenes o, en el sentido contrario, me encantaría tener la posibilidad de ilustrar mis escritos con mis propias fotografías. ¡Qué lástima que no me paguen por esto!

Nacho Valdés

BLUE VALENTINE: Flash back desde el recuerdo, flash back para contar una historia de amor

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En el recuerdo de la narrativa cinematográfica, el uso del flash back posibilita dar una vuelta de tuerca a la línea de tiempo de nuestra historia, para no comenzar desde el principio sino desde la mitad, o quizás desde instantes antes del final.
Pero cuando lo que cuenta la historia, es un hecho cotidiano, dentro de las vicisitudes que emergen en el interior de la vida de una pareja, como tal, y en cada uno de los dos integrantes de la misma, por separado, el salto temporal incita a pensar en grandes alborozos y espectaculares momentos de tensión y acción; en Blue Valentine no es el caso, todo lo contrario al uso habitual de este recurso, manido en su ortodoxia, resulta original y efectivo cuando algún cineasta utiliza el viaje temporal para contar sin más: perfilar el personaje en la medida que el tiempo cinematográfico avanza consigue acercarnos emocionalmente a cada uno de aquéllos. 
Es así como se construye una historia, una película sin alardes esperpénticos ni argucias del montón, que no introduce ni un ápice de acción, más que la justa, ni un gramo más de tensión y dolor, solo el necesario: la clave es sumar, aportar ingredientes que permitan confeccionar una buena historia.

Desde aquí casi siempre me he dirigido en términos técnicos, ajustando mi lenguaje para hacer accesible las técnicas cinematográficas a los más profanos, para desvelar algunos entresijos sobre éstas. Hoy me destapo como un defensor de la historia, de aquello que se quiere contar y de cómo hacerlo, a partir de un buen planteamiento, todo responde, destaca y se percibe como un todo cinematográfico que tiene un reflejo en el espectador, de manera inmediata: el contacto emocional entre aquel que ve y aquél que crea.

De la historia, poco; una pareja, joven, con una hija, apasionados y emocionalmente cerca, van alejándose hacia el futuro desde el presente, aquél que tiempo atrás les vio tan cerca. Para refrescar su relación acuden a uno de esos moteles con habitaciones temáticas: eligen la futurista. Con un planteamiento así, qué puedes esperar: mucho, creedme.

Giorgio
28/02/2011

Sweet Corner Vol. 87

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La carrera a la falsedad

Siempre me pregunto, cuando se acercan estas fechas y los Óscar asoman la nariz, si se trata de un sincero trabajo académico o por si lo contrario es otro impostado asunto que se relaciona, más que nada, con el marketing. Considero, dada mi naturaleza escéptica y descreída, que se trata de una hábil estrategia publicitaria en la que se utiliza el palmito de los bellos actores para la promoción de estudios, películas y demás añadidos que van de la mano del mundo audiovisual actual.
Supongo, que en un primer momento, se trataría de un acto espontáneo en el que el mundo de Hollywood se reunía para rendir homenaje a sus compañeros de profesión. Es decir, se trataba de una excusa para unirse durante una cena en la que se intercambiaban opiniones, negocios y, seguramente, sexo a raudales. Algo así como las fiestas pijas que puedan realizarse en una urbanización de lujo en la que todos se conocen y todos saben a qué asisten. Además, y a pesar del férreo control que los estudios realizaban sobre sus estrellas por aquella época, se supone que la comunidad cinematográfica formaba una gran familia en la que cada uno tenía su rol. Es decir, seguro que se podía encontrar al típico tío crápula que, con un par de copas de más, echaba miradas lascivas y furtivas a las bellas mujeres que por ahí pululaban. Por supuesto, huelga decir que al llegar a su casa se encontraría con la bronca de su mujer que impotente ante su borrachera lo dejaría dormir hasta el día siguiente. También andarían por ahí las viejas glorias que como si fuesen eternas solteronas en busca de su partido intentarían encontrar un nuevo papel que les permitiese volver al candelero. El equivalente que se me ocurre para esta figura presente en casi todas las familias es la de las antiguas estrellas de cine mudo que, con la llegada del sonido, se quedarían relegadas a un segundo plano hasta que sus mansiones se derrumbasen sobre ellas. Por supuesto, y esto pasa en todos los lados, no puede faltar la sobrinita cañón que de una navidad a otra crece desmesuradamente y se convierte en el blanco de todas las miradas. En este caso, el equivalente adecuado es el de la estrella emergente que rápidamente se hace un hueco en el panorama audiovisual. Buena cantera de jovencitas es la factoría Disney que es especialista en crear, elevar y fagocitar estrellitas adolescentes.
Aunque, por encima de todos los personajes nombrados, como maestro de ceremonias del Hollywood más clásico yo citaría a Errol Flynn. Este artista puede ser considerado el más disoluto y soñador de cuantos actores y divos han pasado por Los Ángeles. Este tío, con su porte de galán, ocultaba bajo su serena y bella apariencia un devorador de jovencitas que hizo del sexo, el alcoholismo y la drogadicción un modo de vida y una seña de identidad. Vamos, una especie de antihéroe al que ocultamente todos nos gustaría parecernos para romper con las molestas convenciones. Parece ser que las fiestas que montaba harían palidecer a las que se realizaban en el teatro Kodac y que si eras alguien tenías que estar invitado, en caso contrario te convertías en pusilánime y no estabas en la onda. La leyenda dice que tenía instalada una cuerda hasta el techo en su recibidor y que le gustaba jactarse de la forma física de la que había hecho gala en Robin Hood y se descolgaba ágilmente como si estuviese en el bosque de Sherwood. También se contaba que el tipo tenía un pene descomunal y que lo usaba para aporrear el piano mientras sus invitados, supongo que féminas la gran mayoría, se deleitaban con la actuación. Al final su vida se convirtió en un ir y venir de los tribunales mientras se casaba y se divorciaba en al menos cuatro ocasiones. El más sonado de sus pleitos, que dejó muy tocada su imagen pública, fue la acusación de violación de una menor que supuestamente se produjo en un yate de su propiedad.
Aquellos sí que eran buenos tiempos para la festividad hollywoodiense y no como ahora que todo supone una medida estrategia publicitaria y no queda ya gente realmente auténtica. Una lástima que figuras realmente artísticas y entregadas con pasión a su autodestrucción estén en vías de extinción, pocos son los que se ofrecen con semejante desmesura a su profesión y a los desenfrenos del éxito con tanta coherencia como lo hacía el bueno de Errol.

Sweet Corner Vol. 86

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Los bienpensantes

Gracias a Dios que tenemos un gobierno y una sociedad bienpensante que cumple la normativa y que se toma la libertad de pensar por nosotros para que no tengamos que realizar tamaño esfuerzo. Porque para ciertas personas el pensar por uno mismo, el alcanzar la mayoría de edad como decía Kant, es una trabajosa faena que es mejor encomendar a las autoridades políticas y morales que, por cierto, proliferan a la mínima oportunidad que encuentran para introducir su discurso por cualquier pequeña rendija que quede al descubierto. El desafío kantiano del sapere aude, del atreve a saber o, más bien, de valerte de tu intelecto, ha sido abandonado y preferimos quedarnos observando mientras nos van dando las proclamas que, a la postre, se convertirán en la guía de la acción práctica de todos los integrantes de la sociedad.
La noticia es que ahora hay un grupo de personas, un lobby como dicen los yanquis, que se preocupa por los malos humos que inundaban nuestros bares, instituciones y demás lugares comunes. El caso es que no es mala idea el preservarnos de los odiosos farias de los bares más castizos, o de los cigarros extralargos que inundan los ambientes más cool o de la mezcla de olores, sabores y sustancias legales e ilegales que atiborraban las salas de conciertos. El cambio es sustancial y se nota en un primer golpe de olfato. Sin ir más lejos, hace un par de fines de semana estuve viendo un concierto y la sala olía a ambientador. Increíble e impensable hace apenas dos meses. El problema, sin embargo, venía cuando los desaparecidos humos que disimulaban otras fragancias más animales dejaban a nuestras pituitarias expuestas al sobaco peludo más cercano. Pero aún así, el cambio se agradece y no sales oliendo a fogata ni con los ojos enrojecidos de tanto fumeque. Es verdad que todos estos paternalismos estatales son una tocada de pelotas pero, también es cierto que en algunas ocasiones el humo llegaba a ser molesto y provocaba que muchos inocentes pagasen por los excesos de los fumadores. Hasta aquí bien, no tengo nada que objetar.
Sin embargo, el otro día leyendo el periódico hirió a mi intelecto la noticia de que se había denunciado al musical Hair, que se representaba en no sé qué ciudad, por fumar en escena. Para el que no lo sepa, este musical que se basa en la película homónima de finales de setenta, trata sobre un joven americano que es destinado a Vietnam y que recala en Central Park con unos hippies que están poniéndose hasta el culo de porros y demás. La cuestión es que se produce un choque entre las mentalidades del futuro soldado y los librepesadores colgados que le muestran otras facetas vitales. El asunto de los porros no es baladí pues hay que imaginar a un cateto americano llegando a la urbe por excelencia y encontrándose con el movimiento más liberal de la época; todo esto aliñado por el abuso de drogas y la apertura mental que en algunos casos éstas provocan. Pues parece que hay gente que no llega a entender que se está realizando una obra de teatro, que se trata de ficción y que el ingrediente porrístico se antoja fundamental. Me parece increíble que esta gente que está actuando, que igual no fuma ni tan siquiera, tenga que vérselas con los retrógrados que no son capaces de comprender que están asistiendo,en caso de que hayan ido a ver la función,a una representación.
El tema es extensible al cine. Está por llegar, pero seguro que se acaba pixelando a Bogart por hincarse cuarenta pitillos en una sola secuencia. O, quizás, una película sea calificada como X debido a que alguno de sus protagonistas se enciende un puro humeante que incitará a los niños a tan pernicioso hábito. Eso sí, no habrá problema si este mismo protagonista se enfrenta a cientos de terroristas y los mutila y asesina con su enorme ametralladora. Hemos desarrollado una oscura doble moral en la que los tiros y persecuciones se aceptan como algo a la orden del día, mientras que la visión de una teta o alguna otra tontería por el estilo pone el grito en el cielo. Es decir, preferimos un cuerpo agujereado y sangrante por las balas del héroe a un estético desnudo.
De todas formas, lo que me resulta más alarmante es que permitamos que estas estupideces sigan adelante sin que nos plantemos ante estos reaccionarios bienpensantes que cualquier día van a entrar en nuestras casas para ponernos a dieta y tirar por la ventana todos los alimentos perniciosos que guardamos en la despensa. Si no, tiempo al tiempo.

Nacho Valdés

Sweet Corner Vol. 85

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El poder educativo de la imagen

Las explicaciones, los libros de texto y demás recursos del profesorado son fundamentales para que las sesiones lleguen a buen puerto y se logre la comprensión de ciertos fenómenos. Sin embargo, existen acontecimientos que, por su grado de inverosimilitud, resultan difíciles de compartir con adolescentes. Estos chavales, al igual que nos pasaba a nosotros, pasará a nuestros hijos y le ha pasado al conjunto de la humanidad, adolecen de una falta de experiencia que les conduce a una pérdida de perspectiva con respecto a ciertas cuestiones que a mí se me antojan fundamentales.
Una de las temáticas que más me gusta abordar en mi materia es la referente a los distintos regímenes políticos que existen y que han existido, desde las monarquías absolutas, hasta los regímenes democráticos y pasando, de manera obligada, por el auge de los totalitarismos que se dio en el siglo XX. Resulta a veces una tarea baldía el hacerles comprender a estos chicos la enorme fortuna con la que vivimos y los grandes logros alcanzados a nivel social, el haber crecido en un ambiento confortable provoca que se pierda perspectiva histórica con respecto a la progresión social y descenso a los infiernos que se vivió durante el siglo pasado. Por supuesto a mí me sucedía lo mismo, siempre he vivido en un régimen democrático, de hecho la Constitución vio la luz el mismo año que yo, y cuando tenía su misma edad desdeñaba o no caía en la cuenta de los graves asuntos que trataban de explicarme mis antiguos profesores. De lo único que me enteraba era que tenía que aprender una serie de acontecimientos para superar un examen y que, al menos en mi círculo, los nazis eran los malos y los aliados los buenos. Poco más saqué en claro de mi etapa en educación histórica. Sin embargo, fue con posteridad cuando comencé a interesarme por temas que me resultan tan importantes como la reflexión acerca de los vaivenes políticos que a nivel social hemos experimentado. Este acercamiento al fenómeno lo realicé por motivos obvios. El primero fue la obligada reflexión filosófica sobre este asunto que forja nuestra carácter individual y cultural, el segundo fue el interés intrínseco que para mí tienen estos temas y que me llevó al estudio desinteresado y ocioso de los mismos.
De todas maneras algo faltaba, todavía no tenía presente de manera clara el discurrir de ciertos acontecimientos que si no los ves de alguna manera no te haces consciente de los mismos. Las cifras de muertos, devastación, toneladas de bombas lanzadas y fechas de combates y acontecimientos se tornan frías estadísticas a las que te acostumbras y de las que tomas distancia debido a la gran profusión de las mismas. Es aquí donde la ficción o el documental pueden hacer presente la realidad histórica desde una perspectiva más humana, más sentida. He visto infinidad de trabajos en torno a la Segunda Guerra Mundial y el auge de los totalitarismos, multitud de películas que trataban desde distintos ángulos este asunto y sería capaz de destacar muy buenos trabajos recomendables para la formación de jóvenes y mayores. Pero, por encima de todas estas producciones, sitúo El pianista de Polanski. Es sabida mi debilidad por este creador pero, en esta ocasión, se trata de un reconocimiento sincero a un trabajo bien hecho que puede llevar al corazón de una fractura que escindió el humanismo europeo. El acierto del film se encuentra en varios puntos que me gustaría destacar: Primeramente hay que tener en cuenta la biografía de Roman, también judío y también habitante durante su niñez del gueto de Varsovia. Seguidamente, hay que recordar que se trata de un guión adaptado sobre la novela biográfica homónima de Spilzman. Estos dos elementos son suficientes para dotar a la narración de la verosimilitud suficiente para destrozar el corazón de los espectadores pero hay más, Polanski tiene el acierto de narrar esta terrible historia tomando la distancia suficiente como para que no resulte partidista el tratamiento que hace de los acontecimientos. Simplemente cuenta una historia de manera magistral con un uso de la cámara que parece situarnos como testigos privilegiados de la historia. Por otro lado, iluminación, fotografía y todo el trabajo artístico es simplemente maravilloso y nos lleva hasta el centro de una ciudad centroeuropea devastada por el mayor conflicto de la historia.
Esta película es la que estamos disfrutando esta evaluación yo y mis alumnos de Cuarto de secundaria. A pesar de lo crudo de la propuesta, se están acercando a mí con interesantes reflexiones que no creo que no viesen la luz si no fuese por el trabajo audiovisual de este director polaco. Por estos motivos, reivindico de nuevo desde este espacio el uso de la imagen para la educación de las nuevas generaciones habituadas más que nosotros con este tipo de lenguaje.

Nacho Valdés

Sweet Corner Vol. 84

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La lección árabe

El único reducto que se mantiene incorruptible en el ser humano es el del intelecto. Si existiese en nuestro espíritu una caja de caudales donde guardar nuestros bienes más preciados como las ideas, los conocimientos y sentimientos no habría un mejor reducto que el de la conciencia. Es este el último espacio por conquistar por los poderes sociales, el único punto en el que no cabe legislación posible pues, la medida de ésta, viene dada desde la observancia de la acción práctica. Es este el motivo por el que el derecho a expresar lo que contiene esta parte de nuestro yo se ha conquistado tras épocas penosas en las que no cabía tal posibilidad, sin ir más lejos se puede citar la dictadura Nacional Catolicista que sufrimos en España durante cuatro décadas. Pero esto, que es supuestamente una excepción en un mundo libre occidental, resulta una quimera en otras zonas del mundo y es a este pequeño espacio de nuestra intelección al que más miedo tienen los poderes autoritarios.
Pero empecemos por lo más evidente, por la coacción velada que experimentamos en occidente. Se puede considerar que estoy deseando, por algún oscuro motivo, el crear cierta fricción pues se puede afirmar que vivimos en un paraíso de libertades granjeadas tras oscuros períodos. De acuerdo, no tengo nada que objetar, estamos ante una situación histórica y social privilegiada que nos permite desarrollar nuestra capacidad expresiva hasta límites insospechados hace pocas generaciones. Desde el ámbito legislativo se abre la puerta a la expresividad y a la libre disposición de nuestro intelecto pero, lejos de contentarme, creo que esto oculta otras particularidades. Y es que existen distintas dictaduras añadidas aaquellas evidentes que se soportan sobre los pilares del músculo del Estado, sobre la policía, militares o milicias de todo signo. Una de ellas, que suele pasarse por alto por su sutileza, es la que viene marcada por la opinión pública que actúa como mordaza de nuestra razón. Y es que, el estado de las cosas en el que vivimos se articula sobre ficciones de lo que se supone debe ser lo adecuado. Este asunto ya fue descubierto por distintos pensadores de diferentes épocas, siendo tratado desde múltiples ángulos. Ejemplo paradigmático de ello lo encontramos en Friedrich Nietzsche que, con su crítica radical a lo establecido, abre el camino para la puesta en duda de lo determinado tradicionalmente. Por ende, su trabajo sería preludio evidente de la falta de solidez de nuestros valores que se desmoronarían en la primera Guerra Mundial y que, con posterioridad, serían pisoteados durante el segundo enfrentamiento global. La cosa, a mi entender, se puede simplificar de la siguiente forma. Estamos sometidos a nivel de pensamiento por nuestra manera de valorar, por nuestra cultura y es, precisamente esta creación humana, la que nos impide dar el paso adelante que nos lleve a cambiar situaciones que pueden resultar mejorables. El problema viene dado por el encorsetamiento al que nuestra intelectualidad se somete puesto que, tras unas cuantas generaciones, parece que nos acostumbramos a cierta manera de ver las cosas que llegamos a considerar como inamovible y antiquísima. Sin embargo, la situación es totalmente diferente, no hay más que recordar la situación social que teníamos aquí en España hace poco más de treinta años.
Esto me lleva a la segunda dictadura presente en el mundo occidental. Se trata de algo etéreo e individual pero que cualquier persona puede rastrear en su interior, se trata del totalitarismo del conformismo. De hecho, mantenemos una disposición cobarde y timorata pues creo que estamos sometidos a las supersticiones que nos llevan a considerar que, una opinión crítica o que se enfrente a lo establecido provocará la pérdida de las migajas conquistadas. Y es que nos cuesta desarrollar el compromiso social, arguyendo que estamos en la mejor de las situaciones posibles, nos resistimos a arriesgarnos a perder nuestra pequeña casa, coche o querida. Es evidente que la competitividad actual, inserta en nuestra genética cultural, provoca que únicamente lo que tenemos delante nos preocupe.
Sin embargo, parece que hay un rayo es esperanza en algunas zonas del orbe y han tenido que ser los que menos tienen, los que ya han perdido hasta la dignidad, los que se levanten para expulsar de su poltrona a uno más de los que dirigía los destinos de toda una Nación para su propio beneficio. Las imágenes hablan por sí solas y, a día de hoy, el último de sátrapa de Egipto está haciendo las maletas. Ya veremos si desde occidente intentamos pescar en río revuelto.

Nacho Valdés

Sweet Corner Vol. 83

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Algo huele mal en Dinamarca

Que algo huele mal en la sociedad actual es algo evidente y patente desde hace tiempo, el que sea en Dinamarca u otro lugar ya es algo circunstancial. De hecho, me consta que en los países nórdicos europeos no existe la crispación con la que contamos en otras zonas del mundo. Está claro, a la vista de los últimos acontecimientos, que algo no funciona de la manera correcta, que existe un gran desequilibrio y que estamos volviendo a reproducir viejos esquemas con sus ya consabidos problemas. Es decir, parece que está produciéndose una involución en lugar de progreso que cabría esperar de sociedades aparentemente racionales.
Como primer y fundamental problema creo que nos encontramos con la falta de moralidad característica de la sociedad competitiva en la que nos encontramos. Resulta, y esta es una de las particularidades del capitalismo, que el libre mercado ha permitido, mediante la ausencia de injerencias estatales que se produzcan una serie de abusos con el resultado de ruina para gran parte de los estratos sociales. Parece que este libertinaje lo que ha logrado es que la riqueza haya ido a parar a unos cuantos nichos que han dejado desprotegido a los eslabones más débiles de la cadena. ¿Y qué solución puede encontrarse ante esta problemática? ¿Intervención por parte del Estado? Se me podría reprochar que esto supone un recorte de nuestras libertades, que la autoridad estatal metida en el libre mercado acabaría con parte de los derechos conquistados a lo largo de la historia. Estoy de acuerdo, pero resulta que es esto precisamente lo que ha ocasionado el sistema de mercado obsoleto en el que nos movemos, la intervención de los gobiernos con medidas extremas (como préstamos a entidades bancarias que no pueden hacer circular dinero o recorte de empleo público) para remontar la crisis que nos acecha. ¿Y cuál es el motivo por el que hemos llegado a esta situación? Pues tal y como decía, creo que está en la falta de escrúpulos de una sociedad competitiva en la que prima el beneficio sobre la honestidad. ¿Y por qué se produce esta situación? Pues, a mi entender, porque estamos empapados de la cultura americana del self made man, del hombre hecho a sí mismo que medra gracias a su esfuerzo y que no ve como horizonte si no la consecución de sus objetivos. Es decir, prima la individualidad que supuestamente provocará un beneficio para el colectivo pues, siguiendo una simple proclama utilitarista, a mayor número de individuos felices mayor felicidad tendrá el colectivo. Pero, ¿qué pasa con los individuos de la colectividad que no entran dentro de esta felicidad? La respuesta es evidente; se quedan al margen. Y esto es precisamente lo que ha sucedido en los últimos tiempos, creo que existe una mayor cantidad de insatisfechos que de personas realizadas en la actualidad y esto, con una evidencia aplastante, supone un problema difícil de solucionar.
La cuestión de fondo ante esta simplista explicación (por lo escueto del medio) de la situación actual se encuentra en la respuesta de la ciudadanía. Y ésta, desde mi punto de vista, brilla por su ausencia. Considero que hemos llegado a un grado tal de comodidad, estamos dominados de tal manera por el estado del bienestar que no somos capaces de enfrentarnos a una clase política corrupta, inútil y que solo rema en una dirección; la del olor de la influencia y del poder. En occidente muy mal tienen que ponerse las cosas para que alguien se lance a la calle a protestar, no hablo de nada extremista, solo mostrar nuestra disconformidad ante lo que ocurre (como hago con este escrito). Han tenido que ser los desheredados, aquellos que no tienen nada que perder, los que han nos han hecho patente el poder de la multitud unida. No es que la situación sea equiparable en un ciento por ciento, podría ser acusado de una lectura sesgada, está claro que el régimen en el que vivían estaba a años luz del que tenemos en los países presuntamente desarrollados pero, debo decir, que el pueblo tunecino ha dado una lección de pundonor ante la miseria política en la que se encontraba. En occidente no hemos llegado tan lejos o, para expresarlo con más exactitud, la situación no es tan desvergonzada y evidente como sucedía en este pequeño Estado árabe pero opino, y creo que no me equivoco, que el fondo de la cuestión política se acerca bastante. ¿Cuánto tiempo más vamos a esperar para que se escuche nuestra voz?

Nacho Valdés

Sweet Corner Vol. 82

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El fin de los tiempos

El cielo nos traerá el apocalipsis, llamas doradas arrasarán las tierras baldías por la desfachatada soberbia humana que no se agacha ante la omnipotencia divina, océanos de sangre cubrirán el mundo mientras un ejército de muertos volverá a la vida atraído por la incansable malicia intrínsecamente humana que nos arrastra a la destrucción.
La imagen es parte del eterno retorno que nos llevará una y otra vez a la repetición incansable de los errores del pasado que reproducimos en el presente para sembrar la destrucción de un futuro cercano. Cuerpos cercenados, restos metálicos que se retuercen en una sinfonía de crujidos y la marejada que lleva cadáveres flotando a la costa de la muerte cargada de mosquitos que devoran la carne violada por el fuego santificado por el imperialismo y el totalitarismo. Juventud desgarrada, locura transitoria que arranca, como una brizna de hierba, la vida frágil que pende del hilo de las fronteras alteradas por el afán de conquista y de poder. Dialéctica de andar por casa para destruir el mundo, fallos que no volverán a producirse mientras caminamos hacia la aniquilación total y sin paliativos que nos llevará de vuelta a la tierra que nos espera con ganas de que la alimentemos. Arenas blancas que se tiñen por las olas que llevan los restos de la batalla, lucha entre hermanos que ya lo son de sangre y que han dejado atrás a sus amigos, a los que han enterrado mediante el ritual que los devuelve a sus orígenes del polvo incorrupto que acabará formando parte de una playa de arena blanca teñida por la sangre de los guerreros.
Racismo encubierto que se eleva a los altares de la enemistad, rencillas con ojos rasgados y rostros pálidos cargados de odio y miedo ante lo desconocido. Grandes extensiones y sentimientos oceánicos que no dejan pensar sobre lo que deseas, lejos de los hijos que han quedado atrás al tiempo que miras por la ventana al volar para aterrizar en la pista de tierra que se llena de vegetación todas las noches. Olvidas que tu bolsillo tiene una carta, olvidas que tu memoria lleva el germen de lo eras y te conviertes en la punta de lanza de los megalómanos planes de los santurrones que creen saber hacia dónde caminar. Subes a la torreta y explota, vuelves a subir y vuelve a explotar; una y otra vez se repite el proceso mientras la lluvia de fuego apocalíptica cae sobre nuestras cabezas. Te entregas al odio y te deshumanizas, eres una animal que se arrastra y que persigue, mediante su olfato, a la presa esquiva que se ha pintado de verde la cara. Sus ojos te miran desde la oscuridad, parecen dos cuchilladas que rasgan la carne y que te enfrentan con lo más oscuro del alma humana; algo descompuesto que anida en el corazón de los hombres y que cíclicamente sale a la luz desde las tinieblas. Quieres gritar, rebelarte, subirte a la palmera que te eleve sobre el fuego, sobre el ruido y la furia que arrasa los frutos de la Naturaleza que grita contigo ante el horror que se eleva como una nube tóxica.
¿Volverá todo a ser como antes? Yo creo que no, les confieso a mis hijos por nacer. Ellos vuelven la vista a otro lado y deciden nacer y salir del vientre de su madre que fue abierto en canal mientras dormía entre sábanas de lino. Al final todo sale por los aires, dos pequeños chicos llegan volando y lo convierten todo en una ruina y elevan a la categoría de espectáculo la puesta en escena que habían estado preparando en el desierto lejos de las miradas ajenas que todo lo quieren saber.
Yo vuelvo a casa y todos me reciben, he liberado al mundo libre manchándome con las vísceras de los tipos que tenía delante. ¿Es esto verdad? ¿Estoy en un sueño? Cómo demonios voy a responder si ya no distingo la realidad del sueño, si mis oídos pitan y no soy capaz de apagar la luz por las noches. Algunas veces busco consuelo y me divierte pensar en mi propia muerte, ¿cómo es posible que yo haya regresado? No tengo respuesta pero siempre que me lo pregunto vuelven a mi cabeza los cuerpos desvencijados que flotaban en el océano rojo que se abría frente a mí, algunas veces me llaman y otras me dejan dormir. Espero que pronto olvide todo lo que pasó frente a las arenas blancas.

Nacho Valdés

Sweet Corner Vol. 81

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La ciudad infinita

Existen lugares que de alguna manera, supongo que de manera fortuita, destilan una especie de magnetismo que los convierten en increíbles destinos en los que recalar. Esto es lo que sucede con la ciudad de Roma, una especie de amalgama de épocas y distintas culturas que, sin lugar a dudas, tiene un gran peso en la cuenca mediterránea cuyo referente viene marcado desde la península itálica.
La primera toma de contacto con la capital de la región del Lazio es un tanto chocante. La llegada al lejano aeropuerto y los interminables minutos hasta la entrada a la urbe se hacen interminables y, de pronto, te das de bruces con un lugar descuidado y sucio en el que no se atisba ni un gramo de glamur que destilaba Anita Ekberg en La dolce vita. De hecho, te atrapa la impresión de estar llegando a cualquier ciudad española de segunda fila; un lugar provinciano y olvidado por la administración. Sin embargo, el cuño del viaje comienza variar rápidamente en cuanto se comienza a callejear en busca del hotel. Las avenidas se convierten en calles, las calles en callejones y acabas atravesando, entre un tráfico infernal, lugares por los que no apostarías que pasaría el transporte que te está llevando hasta las puertas de tu hotel. Una vez en tierra, arrastrando las maletas por el adoquinado, llegas a la recepción y la impresión inicial con el pueblo italiano no puede ser mejor. Se trata de gente eminentemente callejera y que comparte con nosotros, además de la cercanía idiomática y climatológica, un estilo de vida que hace que un español se sienta desde el primer instante como en casa. De hecho, se trata de personas habituadas al trato con el turista y saben cómo hacer que te sientas cómodo a pesar de encontrarte a miles de kilómetros de tu hogar.
El contacto rápido que se realiza nada más dejar las maletas, en las vías céntricas en las que recalamos, es confuso y alborotado y provoca la impresión de entrar una maraña humana de la que difícilmente podrás escapar en las siguientes jornadas. Sin embargo, al poco uno se acaba habituando y encontrando el espacio. Aún así, y a pesar de alguna sorpresa arquitectónica, no se trata de la metrópoli esperada.
Al día siguiente, sin embargo, la ciudad parece mutar. Con el cuerpo descansado y en jornada laboral de lunes la gente parece haber desaparecido, todos los rincones plagados de personas se convierten, como por arte de magia en lugares diáfanos que te permiten disfrutar del panorama sin sentirte agobiado y en pugna constante por el espacio. Aprovechando la situación favorable se llega a la zona de la Roma Clásica que, a mi modo de ver, es la más increíble y majestuosa de toda la ciudad.



Independientemente del espolio, deterioro y abusos sufridos por esa zona, mantiene impenitente el aire imperial que la elevó en su día a capital del mundo. Columnas, restos palaciegos, foros, el Coliseo y demás vestigios permiten una idea aproximada de la magnificencia que esos caminos adoquinados tuvieron que provocar en sus antiguos visitantes que venían de pequeñas agrupaciones que en nada se asemejaban a la Roma Imperial. Incluso, hoy por hoy, provoca en el visitante esa sensación y hay que tener en cuenta que se trata únicamente de unos restos que han sido conservados convenientemente desde fechas recientes.



Por supuesto Roma cuenta con miles de rincones en los que la creatividad clásica, neoclásica y contemporánea se entremezclan para crear un espacio único en el que conviven diferentes épocas y estilos artísticos. Pero, Roma no sería Roma sin el pequeño estado Vaticano que ocupa parte de sus terrenos. Aquí es donde se produce otro de los momentos cumbres de la visita pero, no por lo que debiera esperarse, no por motivos espirituales, sino por la aberración que supone la ostentación que la Iglesia católica, apostólica y romana hace de los cientos de años de robos y fraudes que lleva cometiendo. Se trata, el conjunto del Vaticano, de una especie de templo gigantesco que lejos de conducir al recogimiento lleva a la reflexión sobre el mercadeo y negocio que la curia eclesiástica se trae entre manos. Llega a provocar vergüenza ajena la ostentación innecesaria que desde la sede del papado se realiza y lleva al recuerdo de las órdenes mendicantes que nacieron como respuesta a esta situación que, pretendían para el papa; la condición de siervo de los siervos de Cristo. Supongo que este último estará sorprendido pues, después de expulsar a los mercaderes del Templo, estos se reconvirtieron en sacerdotes. Ver para creer.

Nacho Valdés