THE GODFATHER: Fruto del azar y el hermetismo estructural_I

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"Si hay algo seguro en esta vida, si la historia nos ha enseñado algo, es que se puede matar a cualquiera". Vito Corleone




Si hay alguna película que aglutine más elementos eternos, aquellos que suscitan en mayor medida el interés en el intelecto humano, en el sentir propio de cada individuo, desprendiendo pequeñas sacudidas en nuestras emociones más hondas, es sin duda la saga The Godfather, o el bien conocido El Padrino en las tierras hispanas del oeste de Europa.

La familia, primer elemento, principal motivo, motor del film, se entremezcla con los vaivenes del contexto en el que subyace la narración de la historia que transcurre en la película; siempre en movimiento, como la propia vida natural, de ida y vuelta, sosteniendo el peso de la narración a base de pequeños golpes, mantenidos silencios, continuos excesos, violentos, esparcidos por toda la película, cuidadosamente colocados; nos movemos de un lugar a otro, de la Italia de las tierras sicilianas, donde los emigrantes viajaban en barcos apestados de ilusiones, en cuyo interior brota la figura, pequeña y enferma de Vito Andolini, un niño huidizo, huido y emigrado hacia América, cuya mirada sólo nos muestra el momento de regresar.

Nos movemos en el tiempo, hacia delante, hacia los barrios americanos de New York, concretamente en aquel llamado Little Italy, donde la figura de Don Fanucci, dirige y protege a los tenderos, a los vecinos, ahogándolos bajo el yugo del miedo, de la violencia, de la fuerza tosca y brutal, con sacudidas de presión; un terreno en el que el joven Vito Andolini camina con paso firme, escalando, observando en silencio, y atacando para destruir, y poder construir su propia historia.
Un historia de miedos, y deseos inalcanzables, dando lugar al poderoso mundo del hampa, los señores de la ciudad, que controlan, que hacen y deshacen todo, ganando siempre (mucho), aunque moviéndose entre la fina línea que les separa de la muerte; un segundo más tarde acribillan a balazos al hijo de un capo, dos días después las balas aterrizan en el cuerpo de el Padrino.
F.Ford Coppola nos brinda una secuencia antológica, sencilla, ligera, involucrando en la escena, y poco a poco, al espectador, consciente de una calma, siempre tensa; compra fruta, se gira, vuelve tras de sí, y cae en el suelo, sin que su chófer, su propio hijo, pueda contener el ataque que proviene de varias pistolas.

El recurso del mutismo sonoro es usado en varias ocasiones, vuelta a empezar, la venganza se muestra en escena de la mano del único hijo que vive al márgen de la familia; Michael Corleone, se inicia en el arte de asesinar buscando la salvaguarda de su familia. Un restaurante, dos tipos y el joven asesino, nada se escucha, el sonido del corcho de una botella envuelve el espacio audible; lo demás es fortuito, rápido, discurre por el lugar, mata, sale y todo suena de nuevo, sin ningún efectismo, acercándonos de nuevo a la realidad ruidosa: la detonación del arma, el impacto metálico de ésta cuando abraza el suelo, y sin embargo aterra.

En el cine cada componente que forma parte de la estructura de la película, desempeña una función, desarrolla su trabajo al amparo de aquélla, para completar el discurso, para condensar la narración, para abrirla hacia afuera buscando el desarrollo paralelo de acciones diferentes, a veces opuestas, otras no tanto; todo parece estudiado, embarcando al espectador por un viaje que milimétricamente, nos ofrece cuidadosamente el autor de la obra.
Pero muchos elementos que discurren por el film buscan sin duda abrirse camino de manera improvisada, fortuita, quedando registradas en la película hasta el grito de ¡corten!

Coppola se apropia de estos últimos, para hacer parecer natural, quizá realista, hasta que lo retuerce, consiguiendo que de lo ensayado, de lo que resulta cuidadosamente estudiado, nos lo muestre fresco y real.
De nuevo en New York, a principios de siglo, Vito decide quitarse de en medio a alguien que molesta, que perturba su condición y su negocio; un portal, más bien oscuro, iluminado con alguna bombilla que el propio Vito se encarga de apagar para envolverse en la penumbra, más penumbra, y de nuevo una pistola, esta vez envuelta en una toalla, a modo de silenciador. Tres disparos son suficientes para derribar al tipo vestido de blanco, para que su traje se cubra, y de a poco, con el colorado aspecto de su sangre; la toalla arde, De Niro se vuelve, desconcertado, apaga el fuego, se desembaraza del arma y sale del lugar hacia nuevos horizontes: sólo ahora Vito Andolini se torna en Vito Corleone; sólo Coppola sabía de la posibilidad de que la toalla ardiera como lo hizo, de manera casual, inesperado y peligroso, ¿fruto del azar?


Giorgio
28/05/2009

Sweet Corner Vol. 13

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Subgénero

Uno de los subgéneros que más me gustan del mundo del cine es el de las películas de terror, si tuviese que hacer memoria son pocos los trabajos que realmente producen algo que no sea risa o tristeza por la basura que ves en pantalla. Esto último suele ser habitual en aquellas sagas que, intentando sacar el máximo provecho, alargan hasta la risión aquellos personajes que por uno u otro motivo han arrasado en la taquilla. Por poner un ejemplo, la odisea de Viernes 13, que nunca me pareció nada del otro mundo, ya va por su décima entrega. Increíble, dada la falta de calidad y vergüenza de la que hacen gala todos los integrantes de tan funesto proyecto.

Este tipo de cine, del que todos los años se hace alguna película con mayor o menor acierto, tuvo su auge allá por los finales de los setenta y principios de los ochenta. Películas como la Matanza de Texas, Viernes 13 o Pesadilla en Elm Street tuvieron su momento en aquellos años en los que con una buena idea y un ínfimo presupuesto se podía hacer algo digno de verse. En aquellos tiempos, primaba el trabajo de guión y la imaginación más que el presupuesto o la alargada mano de los estudios cinematográficos. De estos trabajos nacieron talentos técnicos y guionísticos que todavía hoy son respetados en la industria, estos tipos lograron hacer su sueño realidad y consiguieron un pasaporte directo a los grandes estudios americanos. Aquí es donde el tema se tuerce, los avispados productores, ávidos de dinero fresco, comprobaron que este tipo de films, prescindiendo de la promoción y el marketing, lograban llenar salas de cine (amén de los bolsillos de algunos).
Como no podía ser de otra manera se explotó la fórmula hasta la saciedad, hasta que se hizo casi imposible conseguir ver alguna película de calidad. Nacieron de la nada cientos de trabajos de paupérrima disposición (a cualquier nivel) que procuraban, aliados con la fortuna hacerse un hueco para repartirse su trozo de pastel. Cogiendo un esquema básico, se consiguió clonar hasta la saciedad esas películas originales que a fuerza de repetir la fórmula perdieron toda la gracia y el interés. Hacer este tipo de cine era muy sencillo, se necesitaban cuatro o cinco ingredientes básicos, una falta de talento patente y poco más. Entre los elementos imprescindibles están los siguientes: un paraje alejado de la civilización, si puede trasmitir intranquilidad mejor que mejor, puede ser un oscuro bosque o una zona desértica, eso es lo de menos; se necesitan dos o tres tías buenas con poca aptitud como actrices, éstas irán muriendo una tras otra enseñando, a poder ser, alguna parte de su anatomía antes de pasar a mejor vida; no puede faltar el secundario gracioso que a mitad de película, cuando intenta huir, muere miserablemente dejando patente su cobardía; otro ingrediente opcional es el del anciano que avisa a los jóvenes que llegan al pueblo de que la zona es maldita y de que por allí han pasado cosas extrañas, huelga decir que nuestro grupo de jóvenes no hará ningún caso de estas advertencias; por supuesto, no pueden faltar los protagonistas, en este caso una pareja de guaperas que después de mil desventuras consiguen escapar con vida; por último, y no menos importante, es el psicópata o monstruo, las armas oxidadas y cortantes que blanda con muy mal carácter y litros y litros de sangre artificial. Con esto, un par de cámaras, un director sin talento y un guionista pésimo, se puede conseguir una castaña de película que probablemente pase desapercibida y de la que nunca más se hable.

Hoy por hoy los tiempos han cambiado, parece que hay mercado para el cine de terror y aunque tienen más presupuesto, los resultados suelen seguir siendo igual de lamentables. Sólo un soplo de aire fresco ha llegado a la industria, desde hace unos años se puede disfrutar de un tipo de cine, que por lo menos a mí, me pone los pelos de punta. Las películas japonesas de terror, éstas lejos de dar risa han provocado que pase alguna noche intranquilo oyendo ruidos en la oscuridad. Como en todo, las hay mejores y peores, pero aseguro que algunas de ellas rayan a gran altura y provocan verdadero terror en el espectador. Aunque para terror de verdad, el clásico de finales de los setenta Al final de la escalera. A pesar de que he visto esta película en varias ocasiones, a pesar de que sé qué es lo que va a ocurrir, su sólo recuerdo provoca que se me ponga la piel de gallina. Si alguien quiere pasar verdadero miedo, que no dude en verla, no saldrá defraudado.

Nacho Valdés

Sweet Corner Vol. 12

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Herramienta

Recuerdo la primera vez que en el instituto nos pusieron una película. La profesora de historia, que en este caso era una sustituta joven, casta, apostólica y romana nos puso Las montañas de la Luna para que fuésemos, en la medida de lo posible, testigos del descubrimiento de las fuentes del Nilo. La experiencia fue todo un éxito, por un lado dejamos las tediosas clases con sus interminables apuntes y, por otro, nos acercamos al mundo del cine con la excusa de conocer una parte de la historia que de otra manera tendríamos que haber imaginado. Esta buena chica, recién salida de la iglesia y de la facultad, grabó encima de las escenas de sexo tórrido que había en el film. Estupidez supina puesto que ya estábamos más que bragados en el visionado de pornografía y demás productos para adultos, ser testigos de una teta desbocada no iba a suponer ningún trauma para los que allí nos habíamos reunido. Además, por lo menos en mi caso, ya había visto la película en Canal plus.

El tema es que quince años después me encuentro en la posición contraria, hoy soy yo el profesor y considero el cine como una de las herramientas más efectivas para llegar al alumno. Tenemos más recursos, sala de audiovisuales, proyectores, ordenadores, pero son pocos los profesores que hacen uso de las mismas para llegar a los chavales. No considero que haya que dejar de lado los libros, de los que soy gran defensor y sobre los que también trabajo todas las evaluaciones; lo que se debe hacer, desde mi humilde opinión, es combinar todos los recursos que tengamos a nuestra disposición. Los chicos de hoy en día tienen una facilidad increíble para conectar con la imagen, más incluso de la que teníamos hace unos años y despertar el sentido crítico y la reflexión se puede hacer desde cualquiera de las posibilidades con las que contamos en la actualidad. Por ello, el cine se me antoja como fundamental (no sólo en el plano cultural) para invitar al alumno al pensamiento y al tratamiento de temas que sino pasarían desapercibidos para él.

Uno de los problemas con el que suelo chocar es la erudición, el alumno muestra de entrada cierta repulsa hacia la misma, debo ir introduciéndoles poco a poco puesto que en caso contrario puedo ocasionar que la actividad explote en mis narices. Cualquier película antigua, grabada en blanco y negro, debe ser vendida con sumo cuidado ya que todo lo que consideren desfasado provoca el rechazo inmediato. La temática, dependiendo de las edades, debe ser escogida con mimo, no todos los temas interesan a chicos que viven inmersos en la vorágine de la adolescencia. El ritmo del film debe ser el adecuado, teniendo en cuenta que las sesiones son de unos cuarenta minutos, se necesita dosificar la acción de manera que todos los días tengan su porción de incertidumbre que les invite a regresar de buen talante a la siguiente clase. Si la elección de estos parámetros es la adecuada y si se tiene un poco de paciencia, el alumnado suele responder y es cuando llego incluso a sorprenderme de la aceptación que tienen películas que en un principio consideraba que iban a ser rechazadas.

Por ahora, después de tres años dando clases, he compartido con los alumnos todo tipo de películas, cayendo en el afán divulgador de aquellas obras que a mi me parecen insuperables. He trabajado bastante con Roman Polanski, que ha abierto los ojos de los chavales a otro tipo de cine que se sale de los circuitos convencionales. Hemos visto El verdugo de Berlanga, que a pesar del rechazo inicial, acabó por convencer a todos los presentes de las virtudes del genial guión que se desarrollaba en pantalla. En fin, he procurado, dentro de mi ignorancia, abrir los ojos a estos chicos que consideran que el único cine existente es aquél que se estrena en los multicines del centro comercial más cercano. Todavía me guardo pequeñas joyas en el tintero, cuando tenga el grupo adecuado las desempolvaré para compartirlas con mis alumnos. Este año, me conformo con haber logrado poner las pelis en versión original (lo que me costó gritos, quejas y lloriqueos). En fin, poco a poco.

Nacho Valdés

De la Lucha de Gigantes entre los Amores Perros

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"...y pasó, tanto tiempo que llegué a ver sombras en color; y creció, a mi lado como un árbol toda una ilusión..."


Antonio Vega, del tema
Esperando nada.






Siendo un gran admirador del cine de Iñarritu y de su componenda audiovisual, en la que conforma estructuras a triples bandas, encadenadas por detalles que desencadenan nuevas y pequeñas historias, Amores Perros destila grandes olores de cine transformador, aquel que crea y cambia los estilos actuales; una patada en el estómago de la industria actual: fue demoledor.

A pesar de todo lo que fue, hoy quiero buscar (y encontrar) un hueco para hablar de un pequeño detalle de los que envuelven las grandes historias, esta vez en forma armónica y musical, de la mano de aquél que se fue hace apenas unos días; Lucha de Gigantes, Antonio Vega y su mundo descomunal, irrumpen en medio de dos hombres, hermanos, y una mujer, con la mentira de todo lo que viene y vendrá, de lo que ocurre por allí, por "el DF", violento y absorto a lo que se desmenuza de entre sus calles, en sus aceras, en sus casas, muy lejos del sol luciente mexicano.


Fantasmas, tonterías, y un mundo descomunal, con amores revueltos, perros, buscando en las notas de la canción las válvulas de escape, de aquellas pesadillas, mentiras, que se guardan, se engañan, para estallarlas sin más, cerca de nosotros, en la cara, en el alma; seguro que donde más duele.
La secuencia no deja nada cerca de nosotros, no hay subterfugios, sexo fugaz, pasional, alguien más quizás, que flota en el aire, que castiga desde nuestra espalda, para abandonarnos al final, para olvidarnos que todo lo demás es sin duda algo más.

Fruto de esta película, de esta secuencia, de aquella fuerza que exhala esa lucha de gigantes, pude comprobar con exactitud, la inquietante y emotiva música de Antonio Vega; y pasó, que después de comprobar la película, es posible que toda ella se reduzca a esa secuencia, donde los amores son perros, cuando la lucha es entre gigantes.



Suerte Antonio Vega,


Giorgio
17/05/2009

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Fuente: Youtube

Sweet Corner Vol. 11

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Divertimento

Tras sesudos y exhaustivos exámenes, tras profundas críticas cinéfilas, tras devanarme la mollera en busca de respuestas, he llegado a la conclusión de que el cine en únicamente un divertimento más, que aunque puede lograr cotas más altas, como convertirse en arte, en realidad, a lo que responde, es a la necesidad de pasar el rato. ¿Por qué he llegado a esta resolución? Pues muy sencillo, asocio el cine a momentos tremendamente felices, instantes fugaces de mi infancia, pero que han quedado anclados en mi subconsciente.

Para empezar, siempre que era pequeño e iba al cine, por supuesto acompañado por mis padres, suponía motivo de alegría y de fiesta. Nos reuníamos todos, cosa que no era excepcional pero sí motivante, algunas veces, cuando nos portábamos bien, caía algún regalo que provocaba mi felicidad y la de mi hermano (normalmente era una chorrada de plástico, pero ya sabemos que los niños se contentan con poco). El caso es que salíamos de casa y nos íbamos a un lugar especial, a un lugar mágico en el que veíamos imágenes gigantescas proyectadas en la pantalla que a mí se me antojaba enorme y descomunal. Además, como lo normal es que fuésemos a ver películas infantiles, también era una excusa para mezclarte con niños de otras procedencias. Otro de los alicientes, como si no fuesen suficientes los que acabo de mencionar, era la existencia de un manjar sólo accesible en días muy especiales o en las salas de cine: las palomitas. Es increíble como una cosa tan vulgar y humilde como el maíz, puede convertirse con un poco de aceite y calor en una de las golosinas más espectaculares para niños (y adultos) de toda condición.

Sólo recuerdo tres de las películas que fui a ver al cine en mi infancia. De la primera que tengo recuerdo es de Blancanieves, evidentemente se trataba de una reposición del clásico de Disney, ya que el original data de los años cuarenta y yo no soy tan viejo. Se me quedó grabado a fuego lo que era el cine, ese rato divertido y apasionante en el que te metían en una sala oscura y disfrutabas de la proyección de dibujos animados. No sé la edad que tendría por aquella época, aunque calculo que no serían más de cinco años. He de reconocer que no sabía a dónde me dirigía, de hecho, creo recordar que en un principio me mostré incluso reticente ante lo desconocido. Después de un rato, cuando te metes en el cine, dejas de saltar en la butaca y se apagan las luces, todo se convirtió en magia, y no es que intente promocionar a la factoría Disney. La escena de entrada, en la que los enanos currantes iban cantando su tema después de trabajar y salir de la mina, me dejó anonadado, tras esos primeros segundos de película ya me quedé rendido y no pude apartar los ojos de la pantalla durante todo el metraje.
Otro de los recuerdos vivos que guardo en mi memoria, en este caso por lo traumático, fue el de ir al cine para ver uno de los clásicos ochenteros por excelencia; Los cazafantasmas. Sólo con el tema de inicio ya se me ponen los pelos de punta, recuerdo haber pasado el más primitivo y puro de los terrores cuando vi este film, y mira que es una comedia intrascendente. La cuestión es que mi joven mente se vio superada por las escenas de fantasmas y demás espectros que salían en la pantalla, creo que incluso me di la vuelta en la butaca para evitar enterarme de lo que pasaba. Finalmente, me vi la peli entera y no pude dormir bien durante días, siempre volvían a mi imaginación algunas de las escenas vividas. Con el tiempo me atreví, armándome de valor, a volver a verla y resultó ser de lo más divertida e inofensiva.
Por último, otro de los peliculones que fui a ver fue la de En busca del valle encantado. La primera, por supuesto, que creo que hoy por hoy ya van por la vigésima entrega de esta serie de películas tan rentables. En este caso era un poco mayor, y creo que me hice el duro ya que consideraba este estreno como demasiado infantil para mí, yo debía tener unos ocho o diez años. Finalmente, no sin algunas reservas, accedí a entrar en el cine. ¿Qué podía perder? Palomitas, un buen rato en familia, una cómoda butaca, tampoco era para tanto. Resultó que la peli me apasionó y las aventuras y desventuras del pobre dinosaurio bebé que busca a su familia y un lugar dónde vivir me emocionaron sinceramente. Debía ser que no era tan mayor como yo me creía.

Después vendrían muchas más películas, algunas buenas, otras regulares y también pésimas. Ahora tampoco me abandono como cuando era un niño, pero hay momentos en los que vuelvo a disfrutar como si lo fuera. Esos instantes en los que armado con tu refresco y tus palomitas, la sala en silencio y a oscuras, te sientas y disfrutas de un buen guión, un buen trabajo de dirección o unas buenas actuaciones (que resulta ser la bomba cuando se juntan todos estos elementos). Por lo tanto, invito a todos a volver a ser un poco niños y regresar al cine con la ilusión de cuando éramos pequeños.

Nacho Valdés

SIN LA NOUVELLE VAGUE: La pérdida del valor del cambio cinematógrafico

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La Nouvelle Vague es el nombre que se le dio al movimiento vanguardista, englobado dentro del ámbito cinematográfico y cuyo origen data de los años cincuenta, que impulsó una nueva forma de hacer cine, desarrollando alternativas artístico-conceptuales, en las que se sustentan sus principios cinematográficos.
El naturalismo expresivo, escapando de la exuberancia formal, les permitía desarrollar un planteamiento cinematográfico, nunca visto hasta el momento; determinan un mayor rodaje en exteriores, un alejamiento del academicismo burgués y una puesta en escena natural, sin tintes comerciales.

Tras la fundación de la revista de crítica cinematográfica, "Cahiers du Cinéma" (1951), además de las fórmulas expresivas que fueron irradiando desde aquellos textos, fue destacable su primera plantilla de colaboradores, entre los que figuraban, Jean-Luc Godard y François Truffaut. El propósito de todos ellos era redefinir la crítica cinematográfica y, por medio de esa actividad intelectual, ser portavoces de una nueva ola en el cine francés.
A partir de “Cahiers du cinema”, los jóvenes creadores pusieron en marcha un cine sencillo, abierto, emancipado de los formalismos, inventando por tanto nuevas formas de creación y articulación cinematográfica.

El joven Truffaut, tan beligerante en su faceta crítica, ideó una serie cinematográfica de sensibilidad extrema, donde el personaje central, Antoine Doinel, resumía las inquietudes de su creador. Corresponden a ese ciclo Los cuatrocientos golpes (1959), El amor a los veinte años (1962), Besos robados (1968), Domicilio conyugal (1970) y El amor en fuga (1979). Al margen de su saga autobiográfica, Truffaut también elaboró otros títulos de gran importancia para la Nouvelle Vague, como Jules et Jim (1961) y La piel suave (1964).
Otro de aquellos cineastas fue Alain Resnais; muy interesado por los estudios literarios, Resnais quiso llevar a la gran pantalla, algunos de los más recientes análisis en ese campo. Para ello, contó con un guión de Marguerite Duras a la hora de rodar Hiroshima, mon amour (1959). Inquietante película sobre la desolación y el dolor, contextualizado en Hiroshima bajo una atmósfera de muerte.

Más allá de su originalidad e individualismo creativo, el director que mejor identificó los valores de esta corriente cinematográfica fue Jean-Luc Godard. Firme defensor de la cámara portátil y de un cierto margen de improvisación en la escenificación del guión, este realizador fue proponiendo su particular visión de los géneros, hasta completar una filmografía densa y rica en significado.
Entre sus largometrajes más conocidos de aquel periodo, sobresalen Al final de la escapada (1959), Vivir su vida (1962), Una mujer casada (1964), Lemmy contra Alphaville (1965) y Pierrot el loco (1965).
Es curioso pensar, que casi cuarenta años más tarde, directores octogenarios como Godard, eleven el concepto cinematográfico a la categoría de arte. Mantienen viva sus ideales, que ya originaron en épocas pasadas, pero articulan su cine en torno a los avatares sociales y la situación cultural actual; es por eso, que este tipo de directores, permanezcan para siempre en la retina de nuestra memoria.

Hacer una película, hoy día no es del todo una tarea difícil. Hacer de una película tu instrumento a partir del cual comunicas y ofreces sensaciones, pensamientos y sentimientos, en función de una narrativa audiovisual, coherente y abierta a los cambios que se producen por el transcurso y avance del tiempo, es tarea de unos pocos valientes genios.
Quizá por eso, estas “especies protegidas” del universo cinematográfico, nunca se harán mayores a los ojos del cinéfilo.

Teniendo en cuenta la situación del cine de las décadas de los setenta y ochenta en España y la de hoy día, me doy cuenta de la cantidad de analogías que tenemos, con nuestro país vecino, ya sea a nivel político como estrictamente cinematográfico. Si algo podemos concluir, es que la situación de constante cambio político, determina hacia donde se mueven los diferentes niveles sociales y culturales, y por su puesto el cine es uno de ellos.

Lo que me llama la atención es que hoy, 7 de mayo de 2009, sigamos en el mismo estado de permanente inmovilismo como el de etapas anteriores. Porque las circunstancias de ahora son diferentes, porque no estamos en un corte con una etapa anterior dictatorial. Lo peor es que ni tan siquiera se notan síntomas de mejora, en una industria que mantiene pésimos porcentajes de taquilla, pero que permanece con las mismas estructuras coyunturales, y permite que sólo unos pocos accedan al “olimpo” de personas que hacen películas. Quizá sea ese el problema, que las películas las hacen, ya no se crean, de ahí que ya no les preocupa la calidad sino la cantidad que pueda contrarrestar la inversión de dinero.
Desde el punto de vista creativo, las películas mantienen siempre un sistema de realización de hace más de veinticinco años (con claras excepciones, de las que luego daré cuenta), que lejos de garantizarles beneficios, les permite quedar entre la mediocridad y lo pésimo. Si es verdad que el cine español está en crisis, y las armas que emplean no funcionan, por qué no encarar el problema con otra solución.
Quizás, porque esa solución conllevaría la retirada de ciertos cineastas mayores, que mentalmente no pueden desarrollar su trabajo, como cualquier abuelo de más de setenta años ya no puede conducir un coche.

Tal es el caso de Carlos Saura, José Luis Garci (en menor medida) o del retirado Berlanga. Mientras que Berlanga deja su puesto a causa de un cansancio lógico por razones fisiológicas, en el caso de los dos primeros, sobre todo de Saura, sigue en la brecha a costa de un público que permanece indignado ante este desastre visual. Porque es obvio que este director, al que no se le niega su trayectoria, no permite a los directores jóvenes, encarar una nueva modernización del cine español, que por cierto, se me antoja vital para su propia pervivencia.
La realización de su última película de ficción, El séptimo día, es de un clasicismo tal, que te ebria de tontería: parte de la base de que el espectador es un necio, que no entiende lo que ve y hay que explicárselo; gracias a que la sociedad va cambiando, el espectador de ahora tiene otra mentalidad, más adaptada al medio audiovisual, ya que crece con este, bebe de este. Por eso el cine y el cineasta debe transformar su manera de llegar a la gente, su forma de expresar y transmitir todo aquello que quiere contar, modernizando su cine; por eso se trata de narrar en imágenes, sin renunciar a tus principios y estilo, y llegar a la sociedad de ahora con la misma fuerza que se llegaba entonces.

Tan sólo, y es un ejemplo, de las películas que ofrecen una nueva narrativa cinematográfica, la edad de sus autores no superan los treinta y cinco años: En la ciudad o Ficción (Cesc Gay), La flaqueza del bolchevique (Manuel Martín Cuenca), Smooking Room (J.D. Wallovits y Roger Gual), Las horas del día, La soledad o Tiro en la cabeza (Jaime Rosales).

Pero lo peor (o lo mejor), es que directores octogenarios, como Jean Luc Godard o Claude Chabrol, se mantienen en primera línea gracias a su transformación cinematográfica y en pos de los tiempos que corren. ¿Por qué en España esto no ocurre? ¿Dónde está el espíritu de la Nouvelle Vague? ¿Cuánto tiempo pasará hasta que haya una nueva ruptura cinematográfica? ¿Dónde se esconde Víctor Erice para refugiarse de este hastío?
Yo no quiero que la Nouvelle Vague regrese de nuevo. Lo que deseo es que el espíritu de cambio y de renovación constante de la sociedad, así como del universo cinematográfico, esté en permanente estado de mutación, porque sólo así seremos capaces de sobrevivir. La esencia de la Nouvelle nos debe servir de guía.



Giorgio
07/05/2009

Sweet Corner Vol. 10

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Roman

Pocos cineastas, en este caso uno de esos escasos genios cuyo trabajo es una excusa para ver buen cine, han tenido una vida tan azarosa y difícil como la del pequeño polaco Polanski. Este hombre, al que idolatro y admiro a partes iguales, ha tenido una existencia complicada y plagada de problemas que ha provocado una de las biografías más apasionantes que he tenido la oportunidad de leer. Hoy por hoy, superadas las complicaciones y llegada la madurez se ha convertido en un personaje ensalzado por la crítica y el público.

Su vida comienza en París, aunque desarrolla su existencia más temprana en Cracovia. Su familia, de origen judío, se ve envuelta en la limpieza nacionalsocialista que había planeado Hitler. Como muchas otras personas de origen semita sus raíces desaparecen debido al asesinato masivo que se produce en esa Europa convulsa, su padre, sin saber exactamente lo que hacía, entregó al niño que después se convertiría en cineasta a través de una valla. Tras un tiempo con una familia de acogida que se tomó la molestia de protegerlo, se vio obligado a volver a huir, teniendo que sobrevivir en la calle como un raterillo que salía adelante con lo primero que se encontraba. Por fortuna, logró emerger indemne de esta experiencia y quizás, con el tiempo, lo rememorase en su peculiar versión del clásico Oliver Twist.

Terminada la contienda y tras cursar los estudios básicos, ingresó en la popular escuela de cine Lódz. Destacó temprano como cortometrajista y con sólo veintinueve años rodará su primer largo; El cuchillo en el agua, que recogería incontables premios y sería la presentación oficial de esta artista lejos de las fronteras de Polonia. Esto le permitiría rodar dos de las películas más personales a las que se ha enfrentado, ambas de producción inglesa y que forman, para mi gusto, dos de los trabajos más espectaculares e introspectivos que se han llevado nunca a la gran pantalla. La primera de ellas es Repulsión, en la que una increíble Catherine Deneuve, nos transportará, con ayuda del genial guión del joven polaco, al interior de los vericuetos más intrincados del cerebro humano. En este trabajo que rezuma inteligencia, calidad e intensidad se puede ser testigo de que como se puede desarrollar y llevar hasta sus extremos más inverosímiles la paranoia y la enfermedad mental. Estos asuntos, serán, al menos durante una época, una de las constantes en el cine de Polanski. Otro film de producción inglesa que rodaría en esa época, fue el de Cul de Sac, que se tradujo en España como Callejón sin salida. En este caso, cambiará de tercio y concebirá un guión en el que el trabajo de los actores y el escenario natural donde se desarrolla la historia serán imprescindibles para llevar a buen puerto esta película. Este trabajo, infravalorado según algunas críticas, me parece de lo más atractivo originando unos personajes encontrados y encubiertos que viven al límite durante las cuarenta y ocho horas durante las que se desarrolla el relato. En una fortaleza cuyas entradas quedan anegadas por la subida de la marea, confluirán el dueño de la casa, su joven y descontenta mujer y un par de mafiosos que llegan de manera casual y azarosa. Ante la subida del nivel del agua todos deberán convivir en un espacio plagado de tensión, celos, temores y vidas atormentadas e insatisfechas. Parece ser que durante el rodaje de esta película Roman se dedicó a fomentar su fama de Play-boy y sacó a relucir su simpatía para hacerse con los favores de la actriz principal, ambos pasaron grandes momentos bebiendo champán y conduciendo el deportivo del director.

Por fin, nuestro diminuto creador, decidió sentar la cabeza y dejar atrás sus escarceos con las mujeres. Rodaría el Baile de los vampiros, comedia vampírica de indudable valor en la que incluso actúa haciendo de ayudante del eterno estudioso y cazador de vampiros. Sería en el rodaje de este film en el que conocía a la que sería su mujer, la bellísima Sharon Tate, una prometedora actriz con la que se uniría dejando atrás su vida disoluta. Con Hollywood rendido a sus pies rodaría en el año 1968 la descomunal La semilla del Diablo, film de terror psicológico en el que con su personal toque el realizador lograría aunar crítica y público. Por desgracia para él, las mieles del éxito se volvieron agrias cuando al año siguiente su mujer y varios de sus amigos fueron asesinados en su residencia particular por los lisérgicos acólitos de Charles Manson, incluido el bebé de ocho meses que esperaba la pareja. Abrumado por la pérdida Roman se hunde en la depresión y pasa un tiempo a la deriva; a pesar del mazazo logra recuperar el ritmo de su carrera y volvería a enfrascarse en proyectos interesantes. Pasarían bastantes años hasta que se embarcase en un film personal y atractivo para crítica y público, uno de estos puede ser considerado el Quimérico inquilino, interesante trabajo rodado en París que narra las desventuras de un inmigrante polaco, interpretado por el mismo Polanski, aquejado de desdoblamiento de personalidad, esquizofrenia y paranoia. Como en sus primeras producciones británicas, vuelve a interesarse por los elementos más complejos e intrincados de la mente humana, escribiendo y dirigiendo una historia enredada y con un humor negro presente en todo el metraje. Apuntar que la interpretación que realiza, a pesar de no ser su punto fuerte, es sobresaliente y logra a ambos lados de la cámara un trabajo firme y convincente.

Los ochenta y los noventa no destacaron por la calidad de sus trabajos, que si bien mantienen siempre un nivel aceptable, no llegan a lo que había rodado en el pasado. Incluso se permitió el lujo de rodar algún fracaso de taquilla como la infravalorada Piratas o la justamente olvidada La novena puerta, inspirada en el Club Dumas de Pérez Reverte. Por fin llegaría el año de su recuperación, en el dos mil dos, utilizando como material básico El pianista del gueto de Varsovia de Splizman, escribiría el guión de El pianista. Esta obra, que trata el holocausto desde el punto de vista de un músico que debe huir durante la contienda como si de una rata se tratase, toca directamente la primera memoria del director. Puede ser considerado como el último trabajo personal en el que Polanski se implica, en este caso, gracias a la cuidada ambientación, las increíbles actuaciones y la inmejorable dirección, nos transporta a la Polonia ocupada y a como la población semita vivió y experimentó esta contienda que provocó algunos de los episodios más crudos de la historia reciente. Sin caer en el morbo, pero sin escatimar en detalles que ilustran perfectamente cómo era la situación en ese momento del siglo veinte, Polanski saca todo lo que llevaba arrastrando durante décadas para vomitarlo en la pantalla. Por supuesto el film cosechó innumerables premios, incluidos los de la Academia de Hollywood que el cineasta no pudo recoger por pesar sobre él una condena de busca y captura por corruptor de menores.
En la actualidad no sé en que proyecto está embarcado, oí hace tiempo que su último trabajo estaba bastante avanzado y que algunas secuencias se habían rodado en España. Espero con ansiedad su próximo estreno y la oportunidad de comentar en esta sección el más que previsible acierto del genial director. ¡Larga vida a Polanski!


Nacho Valdés