Sweet Corner Vol. 32

|

La Maldición

La educación artística y cultural, relegada y sepultada por el pragmatismo en el panorama educativo actual, siempre ha gozado de un halo de maldición y perdición con el que otras especialidades no cuentan. ¿Es posible esa didáctica? Decididamente sí, la técnica siempre se podrá trasmitir, explicar y practicar pero el componente creativo es otro asunto que queda vinculado al carácter del individuo. De todas formas, la perseverancia es uno de los caminos para provocar el llamamiento a las musas, por lo que la ausencia de materias en las que la práctica artística esté presente provoca un vacío abstracto y poco edificante en la forja de la personalidad particular.
Parece que prima el modelo americano, el triunfador hecho a sí mismo que consigue pingües beneficios gracias a su esfuerzo, abnegación y formación especializada. Se producen sujetos cuya meta es medrar y, puesto que ha sido su trabajo el que les ha llevado a ser quienes son, se sienten en el derecho de pasar por encima de sus semejantes para alcanzar el objetivo marcado.
¿Pero qué pasa con el resto de aspectos vitales? ¿Es únicamente la rentabilidad la meta a perseguir? El disfrute, el esparcimiento, la cultura y la creación quedan en la cuneta sin posibilidad de rescate en la mentalidad presente. La competencia, la ciencia de la zancadilla y el escalar posiciones crean una manera agresiva de enfrentarse a la vida que es fomentada desde la familia, la sociedad y los centros educativos. Existe un terror primitivo a quedarse descolgado, a no poder seguir el ritmo de la manada y ser pisoteado bajo el impulso del grupo; este es el motivo por el que se incentiva la competencia, el abuso del débil; en definitiva, el subir a toda costa sin parar a pensar en las consecuencias de los actos. Ninguna familia quiere que su hijo quede en segundo plano, que no tenga notoriedad, siempre deben ser los primeros y para eso los preparan como pequeños autómatas con una agenda plagada de fechas y eventos. Si no es el inglés, es el deporte y, si no, se debe preparar el siguiente examen para quedar en buena posición. Después hay quejas de que hay una regresión de la sociabilidad, del compañerismo y de que la violencia está cada vez más presente. Más que conquistar libertades, parece que hemos alcanzado el libertinaje moral
Prima el individualismo y los discursos débiles y poco ambiciosos, por encima de todo se encuentra el disfrute personal, el automatismo a la hora de complacerse con las creaciones artísticas. Es este, entre otros, el motivo por el que la mayoría de las producciones audiovisuales están cortadas por el mismo patrón, por una única mirada que se aleja de la crítica y la denuncia de las situaciones actuales disfrazadas de democracia. La falta de inquietud colectiva, la ausencia de disposición ante los problemas comunes hace que el arte sea un reflejo de la particularidad con la que se enfrenta el ciudadano a la vida. Todos ausentes en nuestras madrigueras, saliendo en escasas ocasiones para peregrinar los lugares de ocio frecuentes donde la incomunicación es el común denominador.
La sala de cine se convierte en el lugar ideal para conseguir refugio, para evitar el enfrentamiento con los demás y con las problemáticas cotidianas a las que deberíamos hacer frente. Para qué pensar, es mejor el visionado de algo disfrazado de creación artística para escurrirte entre los individuos que pueblan la sala de cine, después se encenderán las luces y como si de ganado se tratase cada uno se dirigirá a su cubículo para al día siguiente volver a la lucha animal con nuestros semejantes.
Debería desenmascararse la farsa que rodea a la creación audiovisual actual, carente, en la mayoría de los casos, de un discurso sólido y penetrante que logre empapar al ciudadano medio de la necesidad de moverse en alguna dirección positiva para la crítica social tan necesaria. El cine se ha convertido en un paliativo, en un analgésico ligero que como el Soma de Huxley cubre con una cortina de humo el panorama occidental tan cargado de grandilocuentes y vanos discursos. El arte, y más un lenguaje tan directo como el cinematográfico, debería servir de referente intelectual para el despegue de los nuevos movimientos que todavía están por venir. El problema es que la falta de preparación artística y cultural es algo patente, el cine crítico, con un mensaje que hiere por su elocuencia y profundidad, no es inteligible por el espectador medio que no tiene una base sólida en la que sustentarse. Falta el trabajo en la cantera, la creación de ciudadanos radicales que luchen por no caer en la indolencia, por caminar más allá de la senda trillada por los centros oficializados como creadores de arte. Se necesita un trabajo de base, algo impensable en la educación actual que cada día se aleja cada vez más del humanismo. Aunque siempre se encuentran honrosas excepciones, debemos esperar una reacción y que la reflexión artística se eleve sobre el terreno fangoso por el que discurre sin levantar cabeza.

Nacho Valdés

ÜÇ MAYMUN: Dos virtudes y un defecto, causa y consecuencia en el motor de la historia

|

Hacia la mitad de una noche oscura, un coche atraviesa la carretera partiendo la lluvia en dos. En la cima de una ladera, los faros detienen su progreso para dirigir su luz hacia un obstáculo tendido sobre el asfalto. El conductor vislumbra su alrededor y en la lejanía distingue dos puntos amarillos que se acercan; arranca y se aleja por el lado opuesto a la llegada del coche.
Un comienzo así otorga velocidad a un relato que parece sacado de una novela negra, aunque con sutiles diferencias; Nuri Bilge Ceylan, guionista y director de la película, desvela quien es el huidizo culpable desde el primer momento. No interesa la intriga, tan sólo sus consecuencias.

Üç Maymun
atraviesa la leyenda de los tres monos para darle un aire de realidad, contextualizado en la Estambul actual, en uno de esos barrios pobres que se constriñen cerca de las vías del tren.
De inicio, la puesta en escena pone de manifiesto una de esas cualidades, la visión, medida a través de los focos luminosos móviles que aceleran al paso de cada kilómetro recorrido por el automóvil que los porta; cada centímetro que vemos, se concentra entre esos dos faros. Nada se dice, aunque todo se escucha.
A partir de aquí aparecen las causas, repentinamente: el accidente, el atropello, el presunto homicidio, el presunto homicida y su posterior e inmediata huida.
De todo, lo que auguramos para después, se vierte una mezcla oscura, con matices inquietantes; aunque no es suficiente.
El guión se enreda de manera escalofriante, aunque libre de aspavientos y excentricidades; todo fluye de manera introvertida, para poder alcanzar a presenciar la vil bajeza humana, fruto de la situación demencial que sufren los protagonistas, aunque eso sí, provocada.

A partir de aquí, una propuesta, una decisión y toda una transformación del individuo y de aquellos que le rodean, su familia, en primera persona del presente, para pasar por encima de todo sin querer comentar nada. Otra de las virtudes que se advierte en la leyenda, escuchar sin ver, para quizás callar (o hablar) por siempre y jamás.
Del peso que la fotografía posee en todo el recorrido de la película se interpretan dos realidades distintas, complementadas por el simbolismo de los cambios psicológicos de los personajes.
Una de ellas tiene que ver con la narración en sí misma, pesada, llena de continuas miradas esquivas, por entre las rendijas de las puertas, ventanas, quizás del alma de cada uno de los personajes componentes de la familia.
La otra acompaña abiertamente la constante metáfora de la leyenda de los tres monos, encarada con la película aunque sumándose a ella para cumplir su papel.

Última virtud, hablar y ver; a costa, carecer de escuchar.De nuevo la vida otorga un defecto que provoca tensión en el personaje que lo ostenta. Quizás son varios los que se atreven a comprobar que no se puede poseer todo lo que se desea.
Es por eso, que a partir del último tercio de la película, la acción sobrepasa a la contención inicial; actos desechos de razón, fruto de la desesperación, del desasosiego, de la falta de cariño.
Ausencia de palabras para tergiversar la realidad, incomunicaciones rutinarias que provocan con desdén, una herida abierta y grave, que supura con el paso de los minutos, y se alimenta del calor de aquel fuego auspiciado por los personajes.

No es en vano decir que Nuri Bilge Ceylan acierta con cada uno de los protagonistas, acierta al plantear una película cruda de una legendaria historia, acierta cuando precisa cada plano que propone en pantalla; acierta haciendo cine, porque demuestra un espíritu absolutamente repleto de talento. Y el talento, siempre es motivo de alegría.


Giorgio
28/10/2009


El Espejo Asiático Vol. 1

|
RAN; pura arquitectura visual
de Akira Kurosawa

Talento a borbotones, agudeza intelectual, espiritualidad y sacrificio son cuatro cualidades raramente intrínsecas en una sola persona, pero si ésta tiene el tiempo y la ocasión para aunarlas en una misma obra, los resultados pueden llegan a ser de un calibre demoledor. Diez años tardó Kurosawa en dibujar, literalmente, “Ran”. La consecuencia es un film de una calidad pictórica insuperable, una coreografía bélica fascinante y estremecedora, un poema de la decadencia humana aplicada al mundo de la guerra. La pólvora, el fuego, el color de la sangre y de los estandartes se derraman como una marea por la gran pantalla. Las líneas de fuerza avanzan y se contraen en una perfecta sinfonía, las escenas de combate son un primoroso cuadro en movimiento que cada vez va adquiriendo mayor contundencia y significado.

Inspirada en un relato de William Shakespeare, extrapolado al medievo japonés, “Ran” narra la aniquilación de una dinastía tras ser dividida entre los vástagos de un mismo señor. El odio, la arrogancia y los enfermizos deseos de poder, ponen al borde del precipicio un imperio creado a sangre y fuego. Kurosawa presenta un mundo en debacle espiritual, donde el ser humano sucumbe ante las leyes cíclicas, perdiendo la noción de Dios y precipitándose sobre el inframundo. Es la instauración del “Kali Yuga”, un ciclo presente en todas las tradiciones antiguas, cuyo equivalente en Occidente puede ser la Edad de Hierro de la Grecia Clásica. Con una carga simbólica posiblemente ajena a quién no tenga nociones sobre los dogmas orientales, “Ran” admite interpretaciones desde distintos ángulos. Cualquiera de sus numerosas virtudes es suficiente reclamo para apreciarla. Visual y metafóricamente estamos ante una obra mayúscula, sublime en la forma y trascendente en el mensaje. El empleo de la música es de una precisión quirúrgica, ningún acorde está fuera de lugar. Los diálogos siguen el mismo patrón, y en ciento cincuenta minutos de metraje ninguno resulta vano, es más, la magnitud filosófica de buena parte de ellos es incontestable. Amparada en una fotografía capaz de poetizar lo siniestro y atribuir a la guerra un valor estético inigualable, Kurosawa sella una composición de talla universal, referente del cine épico de todos los tiempos. Asimismo, rinde un pequeño homenaje a Shakespeare, aplicando circunstancialmente a la película un estilo teatral, incluso paródico, de la que la misma no se resiente.

Aire, agua, tierra y fuego. Los cuatro elementos están representados literal y simbólicamente en “ Ran”. Todos confluyen a la vez en la batalla, conjurándose para hacer descender al hombre, postrado en carne viva ante el abismo, aguardando a que el espacio derrote al tiempo, y de esta manera, volver a renacer en la Edad de Oro.


Melmoth
26/10/2009

Sweet Corner Vol. 31

|

Viaje alucinante

Fenómeno fascinante e indisociable respecto de cualquier trabajo estético, más enfatizado en el mundo literario y, por añadidura, en el mundo audiovisual, puesto que trabaja sobre guiones, es el del proceso que sufre la obra desde su génesis hasta su consumo por el receptor de la misma. En este camino, a veces torturado, a veces sencillo, se crea una madeja de intereses e ideas que provoca, normalmente, un resultado totalmente diferente al que en su origen proponía el autor.
Es trabajo de la hermenéutica el definir este viaje que, por lo menos a mí, me parece increíble. ¿Cómo es posible que de una idea simple y primitiva surjan multitud de críticas en ocasiones contrapuestas? Esto es lo que se conoce como la doble vida de la obra de arte. Nace de mano de su autor (en el mundo del cine tendríamos varias manos aunque siempre debe distinguirse el pulso firme del director o el guionista), comienza a dar sus primeros pasos, se va transformando, hasta que un resultado final llega al espectador para que sintetice el mensaje contenido en el film. Aquí es donde se escapa del creador, es como un hijo adolescente que de repente se hace mayor y deja el hogar, no se puede hacer nada para detenerlo, el progenitor no será capaz de proteger su legado contra el mundo o las malas interpretaciones. Efectivamente, la segunda vida se da cuando el receptor interpreta el resultado final que se le presente. Lo curioso es que estas críticas, en muchos casos, son variadas y antagónicas. Es como si la obra de arte hubiese tomado vida propia y se hubiese convertido en un ente distinto al que el creador pretendía, el padre se echa a un lado y deja que su vástago se desarrolle con independencia. Él no puede hacer nada, sólo mirar desde un rincón.
Por muy ficticio que sea el resultado siempre tiene que tener un ancla al mundo terreno, es en esta isla donde se refugia el espectador. Coloniza esa propiedad común, más o menos evidente, para plantar su bandera y hacer suyo el trabajo de los demás. El sujeto que visiona el film debe hacerse con el mismo, considerarlo de su propiedad para poder comprender la obra a través de su individualidad. Se comprende a sí mismo a través de lo que ha hecho otro. Mientras que el creador se enajena con respecto al resultado de su esfuerzo, el testigo del mismo toma el relevo y se erige como propietario de algo que no es suyo. ¿Qué es lo que sucede en este proceso? El trabajo ajeno, cargado de la subjetividad creativa del artista, se disuelve en la propia subjetividad de aquel que contempla el resultado. Pone sobre la mesa su bagaje cultural, sus prejuicios y su experiencia para hacer una nueva lectura de lo que se está narrando y ya estaba escrito. Es aquí donde se crean las facciones, las divisiones y las controversias ante la interpretación crítica del legado creativo. Ejemplo de ello se dio, por ejemplo, en la novela El otoño del patriarca del gran escritor y guionista, Gabriel García Márquez. En esta obra, la que seguía a su gran éxito Cien años de soledad, se retrata a un dirigente totalitario de un país caribeño. La crítica achacó al cuentista demasiada complacencia a la hora de tratar esta figura controvertida, llovieron los problemas y el escritor tuvo que explicar que se trataba de un trabajo prácticamente autobiográfico, de ahí el trato favorable que le dio a su protagonista. En fin, un ejemplo como otro cualquiera de los que se dan en multitud de obras.
Por lo tanto, el film se gana al espectador en una especie de diálogo que se establece entre ambos. De esta forma, el trabajo creativo se convierte en el propio interlocutor subjetivo del testigo de la misma. Para muestra los treinta últimos minutos de 2001: Una odisea en el espacio; seguro que llueven las opiniones contrapuestas.

Nacho Valdés

ALFRED STIEGLITZ: En los albores de la fotografía directa

|
"Y el hombre que sepa guardar sus recuerdos, a través de cuantas vicisitudes sufra durante su vida, se salvará." Fedor Dostoievski


En el inicio del siglo XX el grupo Photo-Secession, creado por Alfred Stieglitz, iniciaba una encarnada lucha por elevar a categoría de arte, la disciplina que con tanto ahínco había acogido en su seno,transformando la concepción de la fotografía en "un medio distintivo de expresión individual." Aún en paños menores, la nueva disciplina buscaba conformarse como tal, y al menos en los primeros años, copiaba las formas que la pintura proporcionaba, utilizando sus armas, sus herramientas, los modos y formas de hacer; de esta forma, el pictorialismo, corriente asociada a esta manera de fotografiar, dominaba el panorama fotográfico del período de entre siglos: apenas encontramos diferencias entre ambas disciplinas.

La fotografía directa llegó después, y fue A. Stieglitz uno de sus precursores. La mirada de las nuevas fotografías hacían hincapié en aquellas porciones de la realidad que conformaban el abanico de la vida ordinaria, de la rutina que una ciudad emanaba: sus trabajadores, sus calles, sus edificios en construcción.
New York era el escenario, la 291 fue el espacio que A. Stieglitz utilizaba para dar cabida a exposiciones que suponían un vertido sustancial de una emergente forma de arte; todo aquel que pasaba por la Little Galleries de la Photo-Secession en el 291 de la Quinta Avenida, podría observar el desarrollo de nuevos puntos de vista.
Es el encuadre y la temática que estos nuevos fotógrafos desarrollaban, lo que les distinguía de la fotografía realizada hasta ese momento.

Una buena muestra de ello acontece en la imagen que precede; el invierno cubre el asfalto de la quinta avenida, una atmósfera gélida y nevada, hasta un punto dotada de irrealidad gracias a que la nieve se difumina por buena parte de la imagen. El carro de caballos lucha por avanzar entre la tempestad, ligeramente ubicada a la izquierda de la imagen, en una de esas líneas de fuerza, secundado por una maraña de líneas verticales que los edificios del fondo nos proporcionan: las huellas del primer plano, parecen descifrar la dirección que ha de tomar el carro, así como nos muestran la dirección de lectura.


Otra muestra; una más. La locomotora avanza por el encuadre, atravesando todas esas líneas diagonales que forman las vías del tren. Dinamismo hecho realidad; la masa de humo blanco que prepondera hacia una de las líneas de fuerza horizontal, provoca la sensación de movimiento.
De nuevo de manera directa; buscando rescatar una pequeña escena, cotidiana, de aquello que transcurre por uno de tantos inviernos en una estación neoyorquina.
Para disfrutar de A.Stieglitz, tan sólo basta con mirar la fotografía, y a continuación leer la fecha; 1903, la de la imagen anterior. Insólita la capacidad de este fotógrafo para dotar a la fotografía de personalidad; le otorgó algo que ninguna otra disciplina te puede ofrecer: captar algo inmediato, un instante que no ocurrirá de otra manera jamás.

Última obra, no por ello menos representativa o cuidada en su forma. Líneas verticales rigorosas, elegantes edificios que se elevan impetuosamente hacia el cielo, en profundidad, mientras que el agua del primer tercio horizontal nos impone el dinamismo carente en aquéllos. La percepción del humo blanco que se sucede en el tercio superior del encuadre, provoca un ritmo causado por las direcciones dispares que toma esa densa y profunda fumarola.

Alfred Stieglitz cultivó su profesión de manera sesuda, buscando aunar la técnica propia de la fotografía con un estilo diferente, producto de esa combinación impactó al mundo con una forma de crear imágenes inédita hasta ese momento. Pese a todo, trató de comulgar las diferentes corrientes que pululaban por el universo fotográfico, y sobre todo, promover la fotografía por encima de todo, incluso de su propio estilo.


Giorgio
19/10/2009

El Mirador Del Este Vol. 8

|

MEPHISTO; el teatro de fuego de la vida
De Istvan Szabo.

Mefistófeles, demonio que desafía el poder divino y hace apología de lo mesurable, lo sensual y lo perecedero , ignorante del mundo espiritual, ajeno a todo aquello que no sacie su apetito pragmático. Incapaz siquiera de pequeños ideales, siempre agazapado. Extremadamente cómodo sucumbir ante su influjo.

El director de origen húngaro Istvan Szabo, narra la historia de un brillante actor de provincias alemán. Estridente, provocador, excesivo, egomaníaco, reparte su tiempo entre la bohemia y la labor interpretativa. Su ideología de corte liberal y social no desentona en la Alemania prehitleriana. En poco tiempo, su talento y ambición le llevarán a Berlín, donde su ascenso personal correrá paralelo a la eclosión del nazismo.
Su modo de vida e ideología “bolchevique”, se verán amenazados por el nuevo status quo, pero por el contrario, su carisma y habilidades le podrán alzar hasta lo más alto. Es aquí, donde el pequeño Mefistófeles que todos llevamos dentro, luchará por adueñarse de su conciencia y, consiguientemente, de sus actos. Como ocurría en el Fausto de Goethe, pactar con el diablo tiene consecuencias impredecibles, porque con éste no existen medias tintas. Con el nazismo, en muchos casos, tampoco.

“Mephisto” no es una obra al uso, en buena medida resulta extraña y delirante. Pero tampoco se puede tildar de obra personalísima. Cimentada en un poderoso guión, aderezado con interesantes recovecos narrativos, la compleja mano de Istvan Szabo acaba siendo reconocible según va transcurriendo la trama. En una película larga, apenas encontramos planos genuinos y la iluminación destaca sólo en momentos precisos. La digestión narrativa es lenta, pero va calando, a pesar de no poder evitar alguna ligera sensación de sopor, más que justificable por el metraje. El devenir de los protagonistas, sus contorsiones existenciales, sus giros de 180º y, ante todo, su “ética”, son el principal reclamo para visionar esta película. Cada cual puede sacar sus conclusiones. Es en situaciones extremas donde se comprueba el verdadero pelaje de las personas, y es cuando queda en evidencia la farsa ideológica y moral en la que la mayoría nos asentamos.
En “Mephisto”, confluyen los tres modelos de comportamiento humano. Véase; los hombres íntegros, los ambiguos y los cerdos. Los actores, y el común de los mortales, se hallan en el segundo grupo, siempre proyectando mil sombras, sin discernir la verdadera.

Recomendable el visionado de este trabajo, Óscar a la mejor película extranjera en 1982. La expansiva interpretación de Klaus Maria Brandauer, termina devorando la historia, los encuadres y a sus compañeros de reparto. Entre otras muchas cosas, el cine sirve para reflexionar, éste es un buen ejemplo. Su mayor pega -algo extensible a casi cualquier film que trate sobre el nazismo- son los infantiles atributos de parodia que se atribuye a sus líderes en la gran pantalla. En vez de juzgarlos psicológica o intelectualmente, se tiende a la burla fácil, a las frases sin dos dedos de frente y a la gesticulación circense, lo que no hace demasiada justicia a la realidad y perjudica a tantas películas que pretenden ser un documento válido sobre la época.


Melmoth
16/10/2009

video

Fuente: Youtube

Sweet Corner Vol. 30

|

Los cimientos

Puedo llegar a afirmar que todos los seres humanos, de cada una de las generaciones de la historia, al confrontarse entre ellas habrán sufrido el vértigo del cambio acelerado que parece darse alrededor de ellos como individuos. Soy incapaz de imaginarme, ya se trate de un señor feudal, un obrero de las pirámides o un aristócrata del siglo XVIII, a alguien cuyo entorno se le antoje como estático, sin dirección o intencionalidad. Supongo que para percibir la vorágine de acontecimientos que mueven a la humanidad hacia una dirección u otra hay que tomar distancia, leer en los libros históricos las reformas, descubrimientos y batallas que dieron lugar a determinadas situaciones; pero, por otro lado, hay dentro de las personas un cierto sentimiento de confrontación dialéctica que no se ve amortiguada, sino acentuada, en la actualidad. Quizás este discurso esté ya elaborado, superado e incluso desechado, pero ha llegado a mi mente como si de un destello se tratase. Estamos enfrascados en un torbellino de información que no hace sino desorientarnos, y esto sí que es algo totalmente postmoderno.
Parto de la primera suposición de que todos los protagonistas de la historia (por ellos me refiero a los sujetos particulares, no a los grandes estrategas o políticos que inscriben su nombre en el recuerdo), quitando a todos aquellos que tengan una tara o algún pesar ineludible, han sospechado de su relativo peso en el orden de los acontecimientos venideros. Sí, somos participes del movimiento integral de la masa humana, cada uno de nosotros con su acción o inacción provoca que la balanza se dirija hacia un lado u otro. La cuestión estriba, por lo menos a mi entender, en las dificultades que tenían nuestros antepasados para saberse como determinantes en el devenir de la historia.
Parece probable que haya lugares, todavía en la actualidad, en el que el tiempo se dilata sin nada mejor que hacer que perpetuar los modos de vida que desde tiempo pretérito cada individuo debe proteger. Quizás no cabe, en la cabeza de estar personas, su peso como integrantes en la globalidad de la que ninguno podemos escapar. Sin embargo, y aunque para ellos pase desapercibido o de una manera distinta al mundo moderno, son igualmente elementos determinantes en el camino que todos seguimos al unísono. De todas formas, en el que me quiero centrar es el occidental medio que se halla inserto entre los laberintos y madejas que le tiende la sociedad de la comunicación basada en la imagen.
Para nosotros, es decir, para el occidental habituado a las nuevas tecnologías, es el nuestro un mundo de cambios atropellados en el que las fronteras, diversiones, políticas, artes y demás manifestaciones culturales se suceden a velocidades de vértigo. Somos acribillados con dosis brutales de información que llegan codificadas en forma de imágenes, éstas deben ser asimiladas en tiempo record puesto que a continuación una nueva descarga (que quizás cambie el sistema de entablar contacto) llegará a nosotros de manera precipitada. Puede que aquí es donde se encuentre el secreto de la nefasta oferta audiovisual a la que se puede acceder de manera gratuita. Resulta decepcionante comprobar como cada una de las cimas conquistadas por la técnica ha sido empañada por el politiqueo de más baja estofa o, directamente, por el predominio de lo cutre que alardea de ignorante. No quiero caer en ejemplos, pero parece que una buena muestra de la población ha sido víctima de la amalgama de información a la que es sometida. Lejos de enterarse de que están aquí para ser protagonistas de algo, para decidir sobre el entorno, se dejan llevar por el embrujo que la imagen manipulada efectúa sobre ellos.
Da la sensación de que eran las sociedades antiguas y tradicionales estáticas, poco favorecedoras del cambio, pero por el contrario estaban fundamentadas sobre unos pilares fundamentales. Hoy, sin embargo, parece que cada cual quiere levantar su propio pilar con la ayuda de su ignorancia y los infinitos recursos técnicos con los que contamos.

Nacho Valdés

IRVING PENN: La eterna mirada de la fotografía de moda

|

Durante esta semana que se cerró ayer, asistimos al fallecimiento de Irving Penn, fotógrafo fetiche de la moda de los años cincuenta, apegado a la revista Vogue, desde cuyas portadas maravilló y transformó la mirada de la moda a través de su fotografía de autor.
Una fotografía cuyo protagonismo recaía en la propia modelo, la retratada, aquella que mejor representaba el estereotipo de la moda de la época.
Aún así, la fotografía de I. Penn se significa por dos condiciones imperantes en todas sus series fotográficas. La primera de ellas radica en el hecho del uso de una iluminación muy particular, ni mejor ni peor, tan sólo suya, perenne en sus fotografías, hasta el punto de dotarlas de una atmósfera tan sólo diferenciada por la vestimenta y las formas naturales de los modelos.
La segunda se perfila sobre la significación de la tonalidad del segundo plano, utilizando fondos similares, descontextualizando al personaje retratado para acentuar su presencia, valorizando su vestimenta: aislamiento visual para obtener una intensidad mayor en la figura que visualizamos.

De su trabajo se extraen conclusiones de genio; siempre en formato cuadrado, el llamado 6X6 de medio formato, más adecuado para retrato, exige una composición más medida, que refuerce aquello que la naturaleza del formato nos quita: la excesiva simetría.
Es por ello que I. Penn compone para intensificar lo que nuestros ojos ven; compone para construirnos una imagen grave, de formas y volúmenes acentuadas que buscan un único fin, aquél que permita obtener una conclusión que nos lleve a mirar al lugar más importante de la fotografía.


No me puedo referir a una fotografía en concreto, ni siquiera a una serie. Tan sólo me gusta apreciar los encuadres que Irving Penn diseña, para darme cuenta del peso de este artista, fotógrafo de profesión. Un ejemplo es la imagen que vemos anteriormente. Sublime. No trabaja en el efectismo, tan sólo dispone con tacto las sombras, otorga a la modelo una pose dinámica, sinuosa, y extrema su mirada hacia afuera, recorriendo el interior de la composición mediante el contorno de su cuerpo.


Otro ejemplo del uso de las sombras. El volumen que la iluminación lateral otorga a la vestimenta provoca que esta se despegue de ese fondo constante y neutro. El rostro se esconde en un negro más profundo, porque la importancia es del vestido, del vuelo que alcanza al deslizarse por entre el cuerpo de la mujer, fina, delgada, elegante.

Irving Penn construyó una nueva iconografía sobre la base de la metodología fotográfica más ortodoxa, eliminando las barreras impuestas por la época, derribando aquéllas a golpe de encuadres intensos y construcciones fotográficas anheladas en la fotografía actual.
El interés de la imagen radica en lo que nos cuenta, en su forma de abrirse paso a los ojos de la gente, en la influencia que alcanza para transformar tendencias y cánones, en este caso en el vestir. Sin embargo, nunca podemos olvidar la importancia de aquellos creadores que elaboran ese icono al que tanto valor otorgamos.

Buena suerte Irving Penn.

Giorgio
12/10/2009


Fotografías del libro "Passage", de Irving Penn.

El Mirador Del Este Vol. 7

|



4 MESES, 3 SEMANAS, 2 DÍAS: “derecho a la libertad y derecho a la vida”
de Cristian Mungiu

Ciento cuarenta y tres días. Echando ese tiempo hacia atrás el feto no existía, dejándolo correr, el feto verá la luz. Siempre es un reclamo mediático tratar el tema del aborto, algo espinoso y complejo que atañe a la moral primigenia del ser humano. En la sociedad judeo-cristiana, el sectarismo ha ido dejando paso al individualismo paulatinamente. Por otro lado, creyentes o no, el hecho de haber nacido en esta cultura implica tener asimilados unos férreos conceptos sobre el bien y el mal . Desde un punto de vista religioso, el derecho a la vida es una prerrogativa innegociable.

Desde el punto de vista de la libertad, cada cual puede obrar sobre su cuerpo como le plazca. Moral y libre albedrío chocan frontalmente. Derecho a la vida y derecho sobre el propio organismo; tratándose del aborto, cualquiera de ambos principios mutila la jerarquía del contrario. Como diría Nietzsche; ahora, elíjase.
El director rumano Cristian Mungiu, aborda esta cuestión desde una perspectiva neutral, ambientando su film en los últimos estertores del régimen de Nicolae Ceaucescu. En un país donde la interrupción voluntaria del embarazo estaba penada con la cárcel –el feto era propiedad del estado, las almas también- esta práctica implicaba unas consecuencias dramáticas, más allá de las sentimentales.
Con el objetivo de abortar, las protagonistas de la historia se verán obligadas a bucear en las cloacas de una sociedad decrépita, donde muchos ciudadanos intentaban pasar el día a día deambulando entre el extraperlo y la náusea, y en el que cada funcionario actuaba como potencial esbirro o informador del gobierno.
Cristian Mungiu prescinde en su film de lo superfluo. Carente de música y con un montaje lineal en toda regla, la trama transcurre con elipsis temporales casi minúsculas. La fotografía se limita a ser fría, sin ningún tipo de artificio ni de intención artística. Aquí, lo importante es lo que se cuenta y hacer partícipe al espectador de todo ello. Para esto qué mejor que dotar a la dirección de un cierto toque documental. Es la propia inercia narrativa la que va marcando el ritmo. Con una excelente y realista interpretación de los actores que acaparan el peso de la historia, esta va fluyendo hasta lograr por momentos un culmen de tensión y angustia que verdaderamente impacta.

“Cuatro Meses, Tres Semanas y Dos Días”, es una obra perfecta en sus pretensiones. La sobriedad bien entendida es una de las mayores de las virtudes. Y nada más adecuado para poder respirar la abulia y desesperación de la rumanía de Ceaucescu. Christian Mungiu no acentúa ningún momento de la filmación, son los personajes quienes se autodefinen, quienes actúan como verdugos o como víctimas, siempre bajo la enfermiza mirada del Estado “Protector”.


Melmoth.
09/10/2009

video

Fuente: Youtube

Sweet Corner Vol. 29

|


Visiones

Resulta frustrante, en la mayoría de las ocasiones, comprobar como en este país se desaprovecha el talento o los medios para la elaboración de trabajos audiovisuales mediocres o directamente malos. ¿Qué es lo que pasa? ¿No disponemos de capacidad creativa? Yo creo que la respuesta no se encuentra en las capacidades individuales, sino en todo lo que envuelve a la industria de la imagen y la comunicación. Creo que lo que en realidad sucede, o por lo menos es lo que sospecho, es que todavía estamos encorsetados por la herencia del pasado. Nos consideramos un país progresista, moderno y emprendedor; aunque la realidad es bien distinta, estamos a la cola europea y mundial en multitud de aspectos y dimensiones. Sí, de acuerdo, no somos ese pequeño país pseudo-africano en el que un señor chiquitito y su cohorte hacían su voluntad, hemos conseguido dar unos cuantos pasos en busca del progreso social. Pero creo que este camino, del que ya podemos hacer memoria, ha sido errático y, en algunos casos, equivocado. No hay más que darse una vuelta por el mundo para darnos cuenta de que debemos abrir los ojos y redireccionar nuestra itinerario en algunos aspectos.
Parece que en el mundo audiovisual se mantiene la eterna parquedad y encorsetamiento que ha dominado a la sociedad española desde que es considerada como tal. Si algo teme el buen hispano es al que dirán, este aspecto es el mejor control social en nuestra tierra. Esa inclinación hacia el chismorreo, los mentideros y el susurro ha provocado una manera peculiar de ser que se refleja, por ejemplo, en el mundo del cine. Es increíble como se repiten las temáticas, los argumentos y nuestros pobres recursos. El cine patrio está mal, pero que muy mal, de hecho, yo creo que la mayoría de producciones huelen a putrefacción y lugares comunes y creo que somos nosotros mismos los que nos autocensuramos para evitar el destacar ante los demás. Llevábamos demasiados años con una sociedad demasiado homogénea y una cultura excesivamente politizada como para borrarla de un plumazo. Este legado pervive, no me queda la menor duda. ¿Por qué si no estamos siempre a vueltas con lo mismo? ¿Por qué la falta de originalidad que emana de nuestras producciones? Pues muy sencillo, nuestra mente ha quedado anclada en el pasado y son pocos los que apuestan por otros medios expresivos que no sean los absolutamente trillados y vistos, nadie desea apostar fuera del terreno abonado para la mediocridad. Aquí pasa como con la ciencia, los buenos profesionales (salvo alguno honrosa excepción) deben abandonar la tierra materna para buscar sustento allende de los mares. Nuestra creatividad está capada y acongojada por toneladas de educación errónea, por miles de dogmas religiosos y políticos y por enormes cantidades de miedo.
Si, estamos, aunque no queramos admitirlo, educados en el miedo a nosotros mismos. Muchas generaciones fueron educadas para la auto-represión, si no te censurabas tú mismo era el Estado el que lo hacía y, esto es algo que todo el mundo sabía, podía ser mucho más persuasivo que cualquier medio que utilizases tú mismo. Aquí está la solución, debemos abrirnos al exterior, no equipararnos a nadie, no buscar emular a ninguno como nos pasa con el referente americano, sino encontrar nuestro propio lenguaje y crear escuela más allá del terror que atenaza nuestras débiles mentes.

Nacho Valdés

WOODY ALLEN: Subconsciencia enmascarada en la vida cotidiana

|
"El miedo es mi compañero más fiel, jamás me ha engañado para irse con otro"

En estos tiempos socorridos de algarabía y festividad, asoma ante nosotros la majestuosidad e ímpetu que la ciudad de New York presenta entre sus numerosos cócteles de vino y rosas.
Haciendo uso de su perenne condición de insomne urbe, el exceso y la soledad salpican de entre sus largas y alejadas construcciones, aquellas que ocultan tras de sí, los rayos del sol que las divisa tan sólo un poco más arriba.
De todo, emerge Manhattan, y de allí, fruto de su pasión y recelo hacia aquélla, la figura encorvada y diminuta de Woody Allen, se presenta ante nosotros para ofrecernos su mirada particular de la isla, de la ciudad y de los continuos arrebatos que los habitantes de ésta sufren por ella y para sí mismos.
El cineasta disfruta con ello, dispone libremente su condición de inalterado alterante de futuros y antiguos problemas que la humanidad soporta (soportará) bajo las impertérritas paredes que flanquean las calles y a sus transeúntes.

El cine de Woody Allen transcurre por los pasillos de los hombres, abriendo las puertas de las habitaciones de las mujeres, y citando a ambos, proponiendo un continuo sobresalto entre los sentimientos de todos ellos. No por ello, descarta el sarcasmo, la mofa, incluso la chanza, elementos notorios en su burla hacia lo enfermizo, dejando constancia de ello mediante personajes creados e interpretados por él mismo. Todo circula y se mueve al ritmo constante de la narración, otorgando un papel importante al devenir psicológico de los personajes, que provocan catástrofes dramáticas y conflictos narrativos, con el propósito de verter en el espectador una porción de sentido común.
Siempre desvela los ingenios de los artistas, la benevolencia en la lucha y la maldad malsana que provocan los amores, ciegos o no. Aún así, ensaya técnicamente con propuestas atractivas, rebeldes, interactuando con el público, dirigiéndose a él mediante un actor o simplemente invitándole a participar de su universo, usando una fotografía violenta, cargada de luces y sombras duras, o practicando un uso del montaje efectista, dividiendo la pantalla en dos; nada
provoca trastornos en la narración de la historia, por eso su genialidad radica en envolverlo todo para conseguir ofrecer su visión del guión.

De toda la filmografía de Woody Allen, destacaría por su género tres películas, que adolecen de recursos técnicos excesivos y fomentan el cuidado y destacado contenido de sus guiones.
Annie Hall, lleva por título la primera de ellas; asceta, banal, descarada y frívola, pero completa y repleta de valor espiritual, psicológico. Domina el tiempo de la narración en todo momento, y disfruta desplazándose hacia atrás, mirando en el futuro, usando al espectador para reafirmarse o exhalar un poco de contradicción humana.
Con el film Manhattan, W. Allen nos hace soñar, levemente, una obra completa dedicada a este barrio, rodada en blanco y negro, su crítica feroz hacia la falta de talento de sus personajes se compenetra muy bien con aquel intelectualismo mal entendido, de nuevo son figuras cuyas carencias emocionales asolan durante la película y mantienen en vilo al espectador.
La paradoja invade de nuevo el discurso fílmico, encarnada aquélla en una jovencísima Mariel Hemingway, cuya madurez psíquica e intelectual, descubre aún más, las miserias de los otros.
Destaca la fotografía de Gordon Willis, totem de la fotografía cinematográfica, que otorga con esos aires taciturnos despiadadas analogías de las mentes enfermas de los personajes.
Por último, mi tercera apuesta de entre toda la extensa obra del director neoyorquino es una película particularmente retorcida en un universo de burla intensa. Lleva por nombre Balas sobre Broadway, y aunque parece algo menor, su fina ironía rodea por completo la cinta, destroza los cánones impuestos sobre la mafia, sus correrías, sus malos actos, entroncándola con el universo teatral. Siempre hay lugar para el intelectual, para el iluso artista que no renuncia a sus principios a costa de malvivir por entre los edificios de la ciudad: New York de nuevo dispone a sus habitantes de forma especial.

Sin ser devoto de Woody Allen, a pesar de sus estridencias y desajustes emocionales, configura su cine para hacerlo universal, demostrando que los problemas humanos son graves en sí mismos, lo que cambia es la manera de afrontarlos, y en el caso del menudo galán, la diferencia estriba en la forma de narrar las ruidosas y bulliciosas historias que pululan por la mente del director,


Giorgio
02/10/2009

video

El Mirador Del Este Vol. 6

|



LA SOMBRA DE NUESTROS ANCESTROS; la realidad como mera cuestión perceptiva.
de Sergei Paradjanov


Hay ciertas cosas en la vida que resulta muy difícil explicar mediante el lenguaje, otras, simplemente, imposible. La narración del director armenio nos presenta este problema, la dificultad o imposibilidad de ser juzgada o delimitada con un mínimo de certeza.
Bajo el pretexto de un guión rutinario, Paradjanov desarrolla un exuberante ejercicio de arbitrariedad creativa. En una concatenación pendular de imágenes, que parecen no sustentarse en ningún eje, se dan relevo infinidad de registros cinematográficos, muchos difícilmente catalogables hasta la fecha. Por momentos, la película se perfila como un collage con diversos estilos de dirección. Se pueden encontrar afinidades con Tarkovski, Herzog, Pasolini o incluso Buñuel. Lo sorprendente, es que al mismo tiempo emerge una filmación absolutamente genuina e intransferible. Para comprender el absurdo racional de cómo una creación puede ser a la vez ecléctica y única, sólo basta con adentrarse en ella y dejarse avasallar por la inverosímil percepción del artista soviético. Sergei Paradjanov sería capaz de cuadrar el círculo.

El detalle, casi antropológico, de las primeras secuencias, puede arrastrarnos a pensar que estamos ante una película documental sobre el campesinado ucraniano o ruso de antaño. La insistente recreación de la cámara en motivos ornamentales, utensilios e indumentaria -todo mimetizado con la música de la época- nos incita a creer que nos hallaremos ante un original y enriquecedor incunable sobre los usos y costumbres de los mujiks. Hasta aquí todo parece evolucionar de un modo lógico. Pero en este punto comienza una verdadera labor de escapismo cinematográfico. Paradjanov rompe las coordenadas de lo racional, las empequeñece, las dilata o las disloca a su absoluto albedrío. La siguiente secuencia representa un “locus amoenus” o lugar idílico. El método de dirección varía súbitamente, el espectador empieza a desorientarse, pierde el vínculo que le aportaba el guión. Lo impredecible ya no llega con cada cambio de secuencia, ni tan siquiera con cada cambio de plano, dentro del mismo se puede esperar cualquier cosa. El interés de la historia entra en un bucle del que no acabará saliendo, con altos y bajos, pero siempre como excusa a la delirante creatividad del director. Los movimientos más inopinados de cámara y los contrapicados extremos, se conjugan con el hieratismo y frontalidad de la iconografía ruso ortodoxa, en una singular coreografía.

A partir de una historia lineal y sencilla, el creador armenio provoca la sensación de que podría haber despachado sin esfuerzo varias obras de carácter universal, siempre que hubiera seguido unas mínimas pautas convencionales. Habría firmado un documental antropológico excepcional, una mágica alegoría onírica, un musical o un drama realista. Pero termina convirtiendo todo en un complejo caleidoscopio o en un cubo mágico de Rubik, no por ser incapaz de aunar en una misma película varios registros con éxito, sino porque Paradjanov se asemeja a un niño pequeño autista, que se divierte jugando con su ingente talento y no persigue la insulsa gloria humana ni el reconocimiento exterior.
Cualquier calificativo positivo es aplicable a esta “composición”. Muchos negativos también, pues llega a desquiciar con facilidad y por su egoísmo termina faltando al respeto del espectador –esto último no sé si es un defecto o una virtud-. Pero no me encuentro en posición de censurar algo que me desborda tanto artística como cinematográficamente, pues el único criterio válido sobre esta obra se consigue visionándola.

Tal vez el director armenio haya intentado penetrar psíquicamente en la percepción que tenían de la realidad nuestros ancestros. De haberlo conseguido, queda de relieve la distancia sideral entre éstos y la civilización moderna, que se ha encargado de desgajar cualquier atisbo de belleza y espiritualidad, arrojándolas al despectivo terreno de la “superstición” y de la ignorancia.


Melmoth.
01/10/2009