Sweet Corner Vol. 12

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Herramienta

Recuerdo la primera vez que en el instituto nos pusieron una película. La profesora de historia, que en este caso era una sustituta joven, casta, apostólica y romana nos puso Las montañas de la Luna para que fuésemos, en la medida de lo posible, testigos del descubrimiento de las fuentes del Nilo. La experiencia fue todo un éxito, por un lado dejamos las tediosas clases con sus interminables apuntes y, por otro, nos acercamos al mundo del cine con la excusa de conocer una parte de la historia que de otra manera tendríamos que haber imaginado. Esta buena chica, recién salida de la iglesia y de la facultad, grabó encima de las escenas de sexo tórrido que había en el film. Estupidez supina puesto que ya estábamos más que bragados en el visionado de pornografía y demás productos para adultos, ser testigos de una teta desbocada no iba a suponer ningún trauma para los que allí nos habíamos reunido. Además, por lo menos en mi caso, ya había visto la película en Canal plus.

El tema es que quince años después me encuentro en la posición contraria, hoy soy yo el profesor y considero el cine como una de las herramientas más efectivas para llegar al alumno. Tenemos más recursos, sala de audiovisuales, proyectores, ordenadores, pero son pocos los profesores que hacen uso de las mismas para llegar a los chavales. No considero que haya que dejar de lado los libros, de los que soy gran defensor y sobre los que también trabajo todas las evaluaciones; lo que se debe hacer, desde mi humilde opinión, es combinar todos los recursos que tengamos a nuestra disposición. Los chicos de hoy en día tienen una facilidad increíble para conectar con la imagen, más incluso de la que teníamos hace unos años y despertar el sentido crítico y la reflexión se puede hacer desde cualquiera de las posibilidades con las que contamos en la actualidad. Por ello, el cine se me antoja como fundamental (no sólo en el plano cultural) para invitar al alumno al pensamiento y al tratamiento de temas que sino pasarían desapercibidos para él.

Uno de los problemas con el que suelo chocar es la erudición, el alumno muestra de entrada cierta repulsa hacia la misma, debo ir introduciéndoles poco a poco puesto que en caso contrario puedo ocasionar que la actividad explote en mis narices. Cualquier película antigua, grabada en blanco y negro, debe ser vendida con sumo cuidado ya que todo lo que consideren desfasado provoca el rechazo inmediato. La temática, dependiendo de las edades, debe ser escogida con mimo, no todos los temas interesan a chicos que viven inmersos en la vorágine de la adolescencia. El ritmo del film debe ser el adecuado, teniendo en cuenta que las sesiones son de unos cuarenta minutos, se necesita dosificar la acción de manera que todos los días tengan su porción de incertidumbre que les invite a regresar de buen talante a la siguiente clase. Si la elección de estos parámetros es la adecuada y si se tiene un poco de paciencia, el alumnado suele responder y es cuando llego incluso a sorprenderme de la aceptación que tienen películas que en un principio consideraba que iban a ser rechazadas.

Por ahora, después de tres años dando clases, he compartido con los alumnos todo tipo de películas, cayendo en el afán divulgador de aquellas obras que a mi me parecen insuperables. He trabajado bastante con Roman Polanski, que ha abierto los ojos de los chavales a otro tipo de cine que se sale de los circuitos convencionales. Hemos visto El verdugo de Berlanga, que a pesar del rechazo inicial, acabó por convencer a todos los presentes de las virtudes del genial guión que se desarrollaba en pantalla. En fin, he procurado, dentro de mi ignorancia, abrir los ojos a estos chicos que consideran que el único cine existente es aquél que se estrena en los multicines del centro comercial más cercano. Todavía me guardo pequeñas joyas en el tintero, cuando tenga el grupo adecuado las desempolvaré para compartirlas con mis alumnos. Este año, me conformo con haber logrado poner las pelis en versión original (lo que me costó gritos, quejas y lloriqueos). En fin, poco a poco.

Nacho Valdés

De la Lucha de Gigantes entre los Amores Perros

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"...y pasó, tanto tiempo que llegué a ver sombras en color; y creció, a mi lado como un árbol toda una ilusión..."


Antonio Vega, del tema
Esperando nada.






Siendo un gran admirador del cine de Iñarritu y de su componenda audiovisual, en la que conforma estructuras a triples bandas, encadenadas por detalles que desencadenan nuevas y pequeñas historias, Amores Perros destila grandes olores de cine transformador, aquel que crea y cambia los estilos actuales; una patada en el estómago de la industria actual: fue demoledor.

A pesar de todo lo que fue, hoy quiero buscar (y encontrar) un hueco para hablar de un pequeño detalle de los que envuelven las grandes historias, esta vez en forma armónica y musical, de la mano de aquél que se fue hace apenas unos días; Lucha de Gigantes, Antonio Vega y su mundo descomunal, irrumpen en medio de dos hombres, hermanos, y una mujer, con la mentira de todo lo que viene y vendrá, de lo que ocurre por allí, por "el DF", violento y absorto a lo que se desmenuza de entre sus calles, en sus aceras, en sus casas, muy lejos del sol luciente mexicano.


Fantasmas, tonterías, y un mundo descomunal, con amores revueltos, perros, buscando en las notas de la canción las válvulas de escape, de aquellas pesadillas, mentiras, que se guardan, se engañan, para estallarlas sin más, cerca de nosotros, en la cara, en el alma; seguro que donde más duele.
La secuencia no deja nada cerca de nosotros, no hay subterfugios, sexo fugaz, pasional, alguien más quizás, que flota en el aire, que castiga desde nuestra espalda, para abandonarnos al final, para olvidarnos que todo lo demás es sin duda algo más.

Fruto de esta película, de esta secuencia, de aquella fuerza que exhala esa lucha de gigantes, pude comprobar con exactitud, la inquietante y emotiva música de Antonio Vega; y pasó, que después de comprobar la película, es posible que toda ella se reduzca a esa secuencia, donde los amores son perros, cuando la lucha es entre gigantes.



Suerte Antonio Vega,


Giorgio
17/05/2009



Fuente: Youtube

Sweet Corner Vol. 11

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Divertimento

Tras sesudos y exhaustivos exámenes, tras profundas críticas cinéfilas, tras devanarme la mollera en busca de respuestas, he llegado a la conclusión de que el cine en únicamente un divertimento más, que aunque puede lograr cotas más altas, como convertirse en arte, en realidad, a lo que responde, es a la necesidad de pasar el rato. ¿Por qué he llegado a esta resolución? Pues muy sencillo, asocio el cine a momentos tremendamente felices, instantes fugaces de mi infancia, pero que han quedado anclados en mi subconsciente.

Para empezar, siempre que era pequeño e iba al cine, por supuesto acompañado por mis padres, suponía motivo de alegría y de fiesta. Nos reuníamos todos, cosa que no era excepcional pero sí motivante, algunas veces, cuando nos portábamos bien, caía algún regalo que provocaba mi felicidad y la de mi hermano (normalmente era una chorrada de plástico, pero ya sabemos que los niños se contentan con poco). El caso es que salíamos de casa y nos íbamos a un lugar especial, a un lugar mágico en el que veíamos imágenes gigantescas proyectadas en la pantalla que a mí se me antojaba enorme y descomunal. Además, como lo normal es que fuésemos a ver películas infantiles, también era una excusa para mezclarte con niños de otras procedencias. Otro de los alicientes, como si no fuesen suficientes los que acabo de mencionar, era la existencia de un manjar sólo accesible en días muy especiales o en las salas de cine: las palomitas. Es increíble como una cosa tan vulgar y humilde como el maíz, puede convertirse con un poco de aceite y calor en una de las golosinas más espectaculares para niños (y adultos) de toda condición.

Sólo recuerdo tres de las películas que fui a ver al cine en mi infancia. De la primera que tengo recuerdo es de Blancanieves, evidentemente se trataba de una reposición del clásico de Disney, ya que el original data de los años cuarenta y yo no soy tan viejo. Se me quedó grabado a fuego lo que era el cine, ese rato divertido y apasionante en el que te metían en una sala oscura y disfrutabas de la proyección de dibujos animados. No sé la edad que tendría por aquella época, aunque calculo que no serían más de cinco años. He de reconocer que no sabía a dónde me dirigía, de hecho, creo recordar que en un principio me mostré incluso reticente ante lo desconocido. Después de un rato, cuando te metes en el cine, dejas de saltar en la butaca y se apagan las luces, todo se convirtió en magia, y no es que intente promocionar a la factoría Disney. La escena de entrada, en la que los enanos currantes iban cantando su tema después de trabajar y salir de la mina, me dejó anonadado, tras esos primeros segundos de película ya me quedé rendido y no pude apartar los ojos de la pantalla durante todo el metraje.
Otro de los recuerdos vivos que guardo en mi memoria, en este caso por lo traumático, fue el de ir al cine para ver uno de los clásicos ochenteros por excelencia; Los cazafantasmas. Sólo con el tema de inicio ya se me ponen los pelos de punta, recuerdo haber pasado el más primitivo y puro de los terrores cuando vi este film, y mira que es una comedia intrascendente. La cuestión es que mi joven mente se vio superada por las escenas de fantasmas y demás espectros que salían en la pantalla, creo que incluso me di la vuelta en la butaca para evitar enterarme de lo que pasaba. Finalmente, me vi la peli entera y no pude dormir bien durante días, siempre volvían a mi imaginación algunas de las escenas vividas. Con el tiempo me atreví, armándome de valor, a volver a verla y resultó ser de lo más divertida e inofensiva.
Por último, otro de los peliculones que fui a ver fue la de En busca del valle encantado. La primera, por supuesto, que creo que hoy por hoy ya van por la vigésima entrega de esta serie de películas tan rentables. En este caso era un poco mayor, y creo que me hice el duro ya que consideraba este estreno como demasiado infantil para mí, yo debía tener unos ocho o diez años. Finalmente, no sin algunas reservas, accedí a entrar en el cine. ¿Qué podía perder? Palomitas, un buen rato en familia, una cómoda butaca, tampoco era para tanto. Resultó que la peli me apasionó y las aventuras y desventuras del pobre dinosaurio bebé que busca a su familia y un lugar dónde vivir me emocionaron sinceramente. Debía ser que no era tan mayor como yo me creía.

Después vendrían muchas más películas, algunas buenas, otras regulares y también pésimas. Ahora tampoco me abandono como cuando era un niño, pero hay momentos en los que vuelvo a disfrutar como si lo fuera. Esos instantes en los que armado con tu refresco y tus palomitas, la sala en silencio y a oscuras, te sientas y disfrutas de un buen guión, un buen trabajo de dirección o unas buenas actuaciones (que resulta ser la bomba cuando se juntan todos estos elementos). Por lo tanto, invito a todos a volver a ser un poco niños y regresar al cine con la ilusión de cuando éramos pequeños.

Nacho Valdés

SIN LA NOUVELLE VAGUE: La pérdida del valor del cambio cinematógrafico

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La Nouvelle Vague es el nombre que se le dio al movimiento vanguardista, englobado dentro del ámbito cinematográfico y cuyo origen data de los años cincuenta, que impulsó una nueva forma de hacer cine, desarrollando alternativas artístico-conceptuales, en las que se sustentan sus principios cinematográficos.
El naturalismo expresivo, escapando de la exuberancia formal, les permitía desarrollar un planteamiento cinematográfico, nunca visto hasta el momento; determinan un mayor rodaje en exteriores, un alejamiento del academicismo burgués y una puesta en escena natural, sin tintes comerciales.

Tras la fundación de la revista de crítica cinematográfica, "Cahiers du Cinéma" (1951), además de las fórmulas expresivas que fueron irradiando desde aquellos textos, fue destacable su primera plantilla de colaboradores, entre los que figuraban, Jean-Luc Godard y François Truffaut. El propósito de todos ellos era redefinir la crítica cinematográfica y, por medio de esa actividad intelectual, ser portavoces de una nueva ola en el cine francés.
A partir de “Cahiers du cinema”, los jóvenes creadores pusieron en marcha un cine sencillo, abierto, emancipado de los formalismos, inventando por tanto nuevas formas de creación y articulación cinematográfica.

El joven Truffaut, tan beligerante en su faceta crítica, ideó una serie cinematográfica de sensibilidad extrema, donde el personaje central, Antoine Doinel, resumía las inquietudes de su creador. Corresponden a ese ciclo Los cuatrocientos golpes (1959), El amor a los veinte años (1962), Besos robados (1968), Domicilio conyugal (1970) y El amor en fuga (1979). Al margen de su saga autobiográfica, Truffaut también elaboró otros títulos de gran importancia para la Nouvelle Vague, como Jules et Jim (1961) y La piel suave (1964).
Otro de aquellos cineastas fue Alain Resnais; muy interesado por los estudios literarios, Resnais quiso llevar a la gran pantalla, algunos de los más recientes análisis en ese campo. Para ello, contó con un guión de Marguerite Duras a la hora de rodar Hiroshima, mon amour (1959). Inquietante película sobre la desolación y el dolor, contextualizado en Hiroshima bajo una atmósfera de muerte.

Más allá de su originalidad e individualismo creativo, el director que mejor identificó los valores de esta corriente cinematográfica fue Jean-Luc Godard. Firme defensor de la cámara portátil y de un cierto margen de improvisación en la escenificación del guión, este realizador fue proponiendo su particular visión de los géneros, hasta completar una filmografía densa y rica en significado.
Entre sus largometrajes más conocidos de aquel periodo, sobresalen Al final de la escapada (1959), Vivir su vida (1962), Una mujer casada (1964), Lemmy contra Alphaville (1965) y Pierrot el loco (1965).
Es curioso pensar, que casi cuarenta años más tarde, directores octogenarios como Godard, eleven el concepto cinematográfico a la categoría de arte. Mantienen viva sus ideales, que ya originaron en épocas pasadas, pero articulan su cine en torno a los avatares sociales y la situación cultural actual; es por eso, que este tipo de directores, permanezcan para siempre en la retina de nuestra memoria.

Hacer una película, hoy día no es del todo una tarea difícil. Hacer de una película tu instrumento a partir del cual comunicas y ofreces sensaciones, pensamientos y sentimientos, en función de una narrativa audiovisual, coherente y abierta a los cambios que se producen por el transcurso y avance del tiempo, es tarea de unos pocos valientes genios.
Quizá por eso, estas “especies protegidas” del universo cinematográfico, nunca se harán mayores a los ojos del cinéfilo.

Teniendo en cuenta la situación del cine de las décadas de los setenta y ochenta en España y la de hoy día, me doy cuenta de la cantidad de analogías que tenemos, con nuestro país vecino, ya sea a nivel político como estrictamente cinematográfico. Si algo podemos concluir, es que la situación de constante cambio político, determina hacia donde se mueven los diferentes niveles sociales y culturales, y por su puesto el cine es uno de ellos.

Lo que me llama la atención es que hoy, 7 de mayo de 2009, sigamos en el mismo estado de permanente inmovilismo como el de etapas anteriores. Porque las circunstancias de ahora son diferentes, porque no estamos en un corte con una etapa anterior dictatorial. Lo peor es que ni tan siquiera se notan síntomas de mejora, en una industria que mantiene pésimos porcentajes de taquilla, pero que permanece con las mismas estructuras coyunturales, y permite que sólo unos pocos accedan al “olimpo” de personas que hacen películas. Quizá sea ese el problema, que las películas las hacen, ya no se crean, de ahí que ya no les preocupa la calidad sino la cantidad que pueda contrarrestar la inversión de dinero.
Desde el punto de vista creativo, las películas mantienen siempre un sistema de realización de hace más de veinticinco años (con claras excepciones, de las que luego daré cuenta), que lejos de garantizarles beneficios, les permite quedar entre la mediocridad y lo pésimo. Si es verdad que el cine español está en crisis, y las armas que emplean no funcionan, por qué no encarar el problema con otra solución.
Quizás, porque esa solución conllevaría la retirada de ciertos cineastas mayores, que mentalmente no pueden desarrollar su trabajo, como cualquier abuelo de más de setenta años ya no puede conducir un coche.

Tal es el caso de Carlos Saura, José Luis Garci (en menor medida) o del retirado Berlanga. Mientras que Berlanga deja su puesto a causa de un cansancio lógico por razones fisiológicas, en el caso de los dos primeros, sobre todo de Saura, sigue en la brecha a costa de un público que permanece indignado ante este desastre visual. Porque es obvio que este director, al que no se le niega su trayectoria, no permite a los directores jóvenes, encarar una nueva modernización del cine español, que por cierto, se me antoja vital para su propia pervivencia.
La realización de su última película de ficción, El séptimo día, es de un clasicismo tal, que te ebria de tontería: parte de la base de que el espectador es un necio, que no entiende lo que ve y hay que explicárselo; gracias a que la sociedad va cambiando, el espectador de ahora tiene otra mentalidad, más adaptada al medio audiovisual, ya que crece con este, bebe de este. Por eso el cine y el cineasta debe transformar su manera de llegar a la gente, su forma de expresar y transmitir todo aquello que quiere contar, modernizando su cine; por eso se trata de narrar en imágenes, sin renunciar a tus principios y estilo, y llegar a la sociedad de ahora con la misma fuerza que se llegaba entonces.

Tan sólo, y es un ejemplo, de las películas que ofrecen una nueva narrativa cinematográfica, la edad de sus autores no superan los treinta y cinco años: En la ciudad o Ficción (Cesc Gay), La flaqueza del bolchevique (Manuel Martín Cuenca), Smooking Room (J.D. Wallovits y Roger Gual), Las horas del día, La soledad o Tiro en la cabeza (Jaime Rosales).

Pero lo peor (o lo mejor), es que directores octogenarios, como Jean Luc Godard o Claude Chabrol, se mantienen en primera línea gracias a su transformación cinematográfica y en pos de los tiempos que corren. ¿Por qué en España esto no ocurre? ¿Dónde está el espíritu de la Nouvelle Vague? ¿Cuánto tiempo pasará hasta que haya una nueva ruptura cinematográfica? ¿Dónde se esconde Víctor Erice para refugiarse de este hastío?
Yo no quiero que la Nouvelle Vague regrese de nuevo. Lo que deseo es que el espíritu de cambio y de renovación constante de la sociedad, así como del universo cinematográfico, esté en permanente estado de mutación, porque sólo así seremos capaces de sobrevivir. La esencia de la Nouvelle nos debe servir de guía.



Giorgio
07/05/2009

Sweet Corner Vol. 10

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Roman

Pocos cineastas, en este caso uno de esos escasos genios cuyo trabajo es una excusa para ver buen cine, han tenido una vida tan azarosa y difícil como la del pequeño polaco Polanski. Este hombre, al que idolatro y admiro a partes iguales, ha tenido una existencia complicada y plagada de problemas que ha provocado una de las biografías más apasionantes que he tenido la oportunidad de leer. Hoy por hoy, superadas las complicaciones y llegada la madurez se ha convertido en un personaje ensalzado por la crítica y el público.

Su vida comienza en París, aunque desarrolla su existencia más temprana en Cracovia. Su familia, de origen judío, se ve envuelta en la limpieza nacionalsocialista que había planeado Hitler. Como muchas otras personas de origen semita sus raíces desaparecen debido al asesinato masivo que se produce en esa Europa convulsa, su padre, sin saber exactamente lo que hacía, entregó al niño que después se convertiría en cineasta a través de una valla. Tras un tiempo con una familia de acogida que se tomó la molestia de protegerlo, se vio obligado a volver a huir, teniendo que sobrevivir en la calle como un raterillo que salía adelante con lo primero que se encontraba. Por fortuna, logró emerger indemne de esta experiencia y quizás, con el tiempo, lo rememorase en su peculiar versión del clásico Oliver Twist.

Terminada la contienda y tras cursar los estudios básicos, ingresó en la popular escuela de cine Lódz. Destacó temprano como cortometrajista y con sólo veintinueve años rodará su primer largo; El cuchillo en el agua, que recogería incontables premios y sería la presentación oficial de esta artista lejos de las fronteras de Polonia. Esto le permitiría rodar dos de las películas más personales a las que se ha enfrentado, ambas de producción inglesa y que forman, para mi gusto, dos de los trabajos más espectaculares e introspectivos que se han llevado nunca a la gran pantalla. La primera de ellas es Repulsión, en la que una increíble Catherine Deneuve, nos transportará, con ayuda del genial guión del joven polaco, al interior de los vericuetos más intrincados del cerebro humano. En este trabajo que rezuma inteligencia, calidad e intensidad se puede ser testigo de que como se puede desarrollar y llevar hasta sus extremos más inverosímiles la paranoia y la enfermedad mental. Estos asuntos, serán, al menos durante una época, una de las constantes en el cine de Polanski. Otro film de producción inglesa que rodaría en esa época, fue el de Cul de Sac, que se tradujo en España como Callejón sin salida. En este caso, cambiará de tercio y concebirá un guión en el que el trabajo de los actores y el escenario natural donde se desarrolla la historia serán imprescindibles para llevar a buen puerto esta película. Este trabajo, infravalorado según algunas críticas, me parece de lo más atractivo originando unos personajes encontrados y encubiertos que viven al límite durante las cuarenta y ocho horas durante las que se desarrolla el relato. En una fortaleza cuyas entradas quedan anegadas por la subida de la marea, confluirán el dueño de la casa, su joven y descontenta mujer y un par de mafiosos que llegan de manera casual y azarosa. Ante la subida del nivel del agua todos deberán convivir en un espacio plagado de tensión, celos, temores y vidas atormentadas e insatisfechas. Parece ser que durante el rodaje de esta película Roman se dedicó a fomentar su fama de Play-boy y sacó a relucir su simpatía para hacerse con los favores de la actriz principal, ambos pasaron grandes momentos bebiendo champán y conduciendo el deportivo del director.

Por fin, nuestro diminuto creador, decidió sentar la cabeza y dejar atrás sus escarceos con las mujeres. Rodaría el Baile de los vampiros, comedia vampírica de indudable valor en la que incluso actúa haciendo de ayudante del eterno estudioso y cazador de vampiros. Sería en el rodaje de este film en el que conocía a la que sería su mujer, la bellísima Sharon Tate, una prometedora actriz con la que se uniría dejando atrás su vida disoluta. Con Hollywood rendido a sus pies rodaría en el año 1968 la descomunal La semilla del Diablo, film de terror psicológico en el que con su personal toque el realizador lograría aunar crítica y público. Por desgracia para él, las mieles del éxito se volvieron agrias cuando al año siguiente su mujer y varios de sus amigos fueron asesinados en su residencia particular por los lisérgicos acólitos de Charles Manson, incluido el bebé de ocho meses que esperaba la pareja. Abrumado por la pérdida Roman se hunde en la depresión y pasa un tiempo a la deriva; a pesar del mazazo logra recuperar el ritmo de su carrera y volvería a enfrascarse en proyectos interesantes. Pasarían bastantes años hasta que se embarcase en un film personal y atractivo para crítica y público, uno de estos puede ser considerado el Quimérico inquilino, interesante trabajo rodado en París que narra las desventuras de un inmigrante polaco, interpretado por el mismo Polanski, aquejado de desdoblamiento de personalidad, esquizofrenia y paranoia. Como en sus primeras producciones británicas, vuelve a interesarse por los elementos más complejos e intrincados de la mente humana, escribiendo y dirigiendo una historia enredada y con un humor negro presente en todo el metraje. Apuntar que la interpretación que realiza, a pesar de no ser su punto fuerte, es sobresaliente y logra a ambos lados de la cámara un trabajo firme y convincente.

Los ochenta y los noventa no destacaron por la calidad de sus trabajos, que si bien mantienen siempre un nivel aceptable, no llegan a lo que había rodado en el pasado. Incluso se permitió el lujo de rodar algún fracaso de taquilla como la infravalorada Piratas o la justamente olvidada La novena puerta, inspirada en el Club Dumas de Pérez Reverte. Por fin llegaría el año de su recuperación, en el dos mil dos, utilizando como material básico El pianista del gueto de Varsovia de Splizman, escribiría el guión de El pianista. Esta obra, que trata el holocausto desde el punto de vista de un músico que debe huir durante la contienda como si de una rata se tratase, toca directamente la primera memoria del director. Puede ser considerado como el último trabajo personal en el que Polanski se implica, en este caso, gracias a la cuidada ambientación, las increíbles actuaciones y la inmejorable dirección, nos transporta a la Polonia ocupada y a como la población semita vivió y experimentó esta contienda que provocó algunos de los episodios más crudos de la historia reciente. Sin caer en el morbo, pero sin escatimar en detalles que ilustran perfectamente cómo era la situación en ese momento del siglo veinte, Polanski saca todo lo que llevaba arrastrando durante décadas para vomitarlo en la pantalla. Por supuesto el film cosechó innumerables premios, incluidos los de la Academia de Hollywood que el cineasta no pudo recoger por pesar sobre él una condena de busca y captura por corruptor de menores.
En la actualidad no sé en que proyecto está embarcado, oí hace tiempo que su último trabajo estaba bastante avanzado y que algunas secuencias se habían rodado en España. Espero con ansiedad su próximo estreno y la oportunidad de comentar en esta sección el más que previsible acierto del genial director. ¡Larga vida a Polanski!


Nacho Valdés

Sweet Corner Vol. 9

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Cuestión de genética

No sé por qué el talento está tan mal repartido, lo normal es que brille por su ausencia en la industria cinematográfica, salvando honrosas excepciones, pero hay casos en los que los astros se alinean para alumbrar a genios. Esto es lo que sucedió cuando nacieron los hermanos Coen, dos tipos que llevan veinticinco años haciendo películas con un pulso narrativo y un sentido literario impresionante. Joel como director, con ayuda de Ethan en el trabajo de guión, forman uno de los tándems más fructíferos y talentosos del cine actual.

Los dos beben del cine de autor y desarrollaron su carrera al margen de los grandes estudios americanos, ellos fueron los que impulsaron y mostraron que el cine independiente puede hacerse un hueco no sólo en la crítica, sino en la taquilla. Consiguiendo un estilo propio, un carácter y un sello personal que ha conseguido hacerme disfrutar de buen cine desde hace un buen puñado de años. Ha habido momentos en los que incluso estaba deseoso del siguiente estreno, sólo en un par de ocasiones he salido defraudado, el resto de ocasiones han conseguido trasladarme jugando con mi imaginación y manteniéndome atado a la butaca.

Comenzaron su andadura con un trabajo de género, una de sus especialidades, con la desconocida e infravalorada Sangre Fácil. Fue en esta película donde su musa Frances McDormand comenzó su andadura junto a los Coen. Se trata de un film oscuro, serio y comprometido con la historia que se pretende narrar. Cuenta una historia de detectives, celos, asesinatos y dinero; la diferencia fundamental con el cine detectivesco clásico es que la acción transcurre en el ámbito rural y no en una gran ciudad como Los Ángeles o New York. Se trata, desde mi punto de vista, de uno de los mejores debuts de la historia de la gran pantalla.
Después vendría la interesante Arizona Baby, una comedia alocada en la que una policía y un ladrón de poca monta luchan por la paternidad. Ante la imposibilidad de tener hijos decidirán raptar a uno de los quintillizos de un ricachón de la zona, a partir de este punto se producirá una alocada carrera por conseguir huir o recuperar al bebé, dependiendo del punto de vista. Se trata de una original Road Movie en la que la música, el montaje vertiginoso y el trabajo de los actores se convertirán en fundamentales para darle ritmo a este cóctel que toma diferentes elementos para dar forma al resultado final.
El 1990 llegará uno de los trabajos mayores de los Coen, Muerte entre las flores. Con esta enorme película consiguen revalorizar el cine negro clásico, uniéndose al tándem otro de los actores fetiches de esta pareja de hermanos, el grandísimo John Turturro. Esta historia, complicada, cruel y difícil de seguir en un solo visionado juega con los elementos clásicos del cine de gansters para, dándole una vuelta de tuerca, lograr poner en la picota este tipo de historias que parecían abocadas a la desaparición. Además del trabajo de dirección, del buen papel desempeñado por los actores me gustaría destacar el increíble guión que desarrollan estos dos hermanos. Consiguen un relato sólido, enrevesado y plagado de efectos que provocan que el espectador esté atento cada segundo de metraje.
Dando un salto de dos películas, las únicas que no he visto, llegamos al año 1996 y nos encontramos con la imprescindible Fargo. De vuelta al género policiaco, esta vez en un Estados Unidos bucólico por el paisaje y rural por los personajes, los Coen logran el que ha sido para mí uno de los mejores films de los últimos años. Los actores, empezando por McDormand, pasando por William H. Macy y terminando por el inigualable Steve Buscemi hacen de la película un ejemplo de interpretación y de cómo hacer de un buen guión algo por encima de la convencionalidad del mundo del cine. En este nuevo ejercicio de género, una de las particularidades es el papel que desempeña el paisaje eternamente blanco e inmenso, una zona campestre azotada por el crudo invierno y por la que deambulan personajes sórdidos y convencionales, donde se desarrolla el relato de un secuestro frustrado cuajado de muerte y humor negro.
Dos años después estrenarían la comedia entre las comedias, una de estas películas capaz marcar a toda una generación creando lugares comunes que son reconocidos por toda una legión de seguidores. Los Coen, que se mantienen firmes independientemente del terreno en el que tengan que trabajar, se pasan en este caso a la comedia con tonos detectivescos. El gran Leboski es una farsa, una crítica social en la que los Coen no dejan títere con cabeza, arremeten contra el sistema occidental, contra nuestros modelos de vida y contra los ídolos sociales disfrazados de grandes magnates. En este film el antihéroe elegido para sacar adelante la historia es El Nota, encarnado por un increíble Jeff Bridges y secundado por John Goodman y Steve Buscemi. Este fumeta es confundido con un ricachón y este equívoco será el detonante para situaciones hilarantes de todo tipo. Nada mejor que ver esta película para saber de qué estoy hablando.
Dando otro salto temporal y prescindiendo de la notable El hombre que nunca estuvo allí, llegamos a las únicas decepciones que me han deparado estos hermanos. Crueldad intolerable y Ladykillers, suponen para mi gusto los únicos fiascos en los que estos creadores han caído. La primera fui a verla al cine ilusionado y salí totalmente defraudado, no esperaba una comedia romántica al más puro estilo Hollywood; es decir, estúpida y totalmente vacía de contenido. Ladykillers la vi sin ningún interés por televisión, otro naufragio que con la excusa del remake no provoca nada más que añoranza de film original.
Tras esta travesía por el desierto, el año pasado decidí volver a darles un voto de confianza. La crítica y las imágenes que había visto me empujaron a ver No country for old men. Después de un lapso sin ver algo realmente interesante, volví a sentir la sensación increíble de estar en el cine disfrutando enormemente con lo que estaba viendo. En este caso todo el plantel está sensacional, el pulso narrativo es impecable y la estética insuperable. No podría quedarme con ninguno de los tres protagonistas, todos dan la nota adecuada y ninguno desentona en una obra maestra que yo sitúo en los altares del séptimo arte. Todo, incluida la fotografía, está cuidado al detalle para dejarnos un western fronterizo moderno en el que casi se llega al nivel de la novela homónima. Secuencias como la persecución del protagonista por un perro en un río me parece insuperable, éste es uno de esos momentos que te cortan la respiración dejándote hundido en la butaca.
En los últimos tiempos han vuelta a la comedia, en este caso con la excusa del espionaje. Quemar después de leer, de la que únicamente vi la primera mitad (me la puse a altas horas de la madrugada y me quedé dormido), pinta estupendamente y tanto crítica como público han secundado esta película. Terminaré de verla y estoy seguro que disfrutaré de este último trabajo de estos grandísimos creadores.

No sé si el genio se reparte de alguna manera, si la genética influye o si todo es una cuestión de azar, pero de lo que sí estoy seguro es de que los padres de los Coen consiguieron uno de los equipos creativos más contundentes, originales y personales de los últimos quince años. No sé si fueron felices o infelices en su infancia, si fueron buenos o malos chicos, aunque de lo que sí tengo la certeza es que la unión de sus padres ha supuesto una de las mejores casualidades de la historia del cine reciente.

Nacho Valdés

MANDA BALA: Corrupción, armas y sangre en la vida real

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Últimamente todo el cine que me llega desde Brasil, en forma de ficción o de documental, es de una calidad muy alta. Siempre construyen historias que conocen muy bien, desde las entrañas de su sociedad, oscura y mezquina, en la que conviven la calaña más inmunda con los ricos nauseabundos, herederos de un dinero obtenido tras inmensas campañas de corrupción; saben de lo que hablan, porque viven con ello todos los días.
Ejemplos de este cine son Tropa de élite, Linha de passe, Estómago o la que lleva por título el artículo de hoy.

MANDA BALA narra fielmente un escándalo de corrupción perpetrado por el congresista brasileño Jader Barbalho, que nunca se pudo probar, pero que la oscura sombra de sus delitos, permanecen hoy día en la ciudad de Sao Paulo.
Veinte millones de personas completan el entramado social de la ciudad, donde se convive con un secuestro al día, con violencia, con la incapacidad policial que asola duramente la vida diaria; corrupción en estado puro, que afecta a todos los diferentes grupos sociales, que conforman un puzzle de vidas ausentes de la realidad.

Los secuestros demuestran una herida en la estructura de la sociedad brasileña, por donde se desangran miles y miles de dólares, y se destrozan sicológicamente, cientos y cientos de seres humanos, que quedan despedazados, desprendidos de toda ilusión; a esto se añade, las numerosas amputaciones físicas que sufren los cautivos, a través de las cuales, los secuestradores comunican a la familia lo que son capaces de hacer por dinero: un lóbulo de una oreja, tres falanges, quizás la oreja entera arrancada a mordiscos.
Ante esto, el cuerpo de policía que se ocupa de afrontar los secuestros, una división específica llamada D.A.S., tan sólo cuenta con una total de ochenta y dos policías, cifra ridícula teniendo en cuenta el número de secuestros que se producen diariamente.
La paradoja llega por fin a estas líneas; de la mierda y la miseria siempre hay alguien que hace negocio, por eso las empresas de seguridad emergen como una muralla y sus demoledoras cifras de ingresos son espectaculares. Un dato lo dice todo, y es que Sao Paulo es la ciudad con la flota de helicópteros privada más grande del mundo; es lógico, teniendo en cuenta que el lugar más seguro de la ciudad, está encima de ella: en el aire.

De toda la historia, asombra el grado de sadismo del secuestro, cuyas imágenes se presentan de manera limpia, hilvanando el hilo conductor de la narración fílmica. Partiendo de lo particular, un hecho escalofriante, pero curiosamente rutinario y diario, la película se adentra poco a poco en el problema de la corrupción política; el hedor humano que desprende el film, se muestra ciertamente escenificado a través de la comparación de nuestro comportamiento con el de las ranas: éstas, cuando no tienen nada con que alimentarse, practican el canibalismo con sus semejantes, aunque comienzan a devorar a los suyos de cara, por la cabeza.

Ni siquiera en eso, somos elegantes, ya que nuestros golpes, mortales de necesidad, ocurren por la espalda, y de noche, para ocultar mejor nuestro pérfido rostro.
Sin ninguna razón, el congresista Jader Barbalho decidió blanquear un dinero destinado a reflotar la Amazonia del norte, región que vive en la pobreza total, en un criadero de ranas, como podría haber elegido cualquier cosa.

Las armas, su violencia, sus consecuencias definitivas, mantienen económicamente a multitud de bastardos que amenazan la convivencia humana, la naturaleza, y lo que es peor, nuestra continuidad vital, a costa de un lucro sin fin que flota en sangre.


Giorgio
27/04/2009



Fuente: Youtube